martes 7 de julio de 2009

Soy tan progre que soy facha


Es la enfermedad del siglo XXI. O de siempre, probablemente. Se trata de esa clase de seres que escriben sus columnas de Hopinión en El Mundo o El País, además de los otros seres que los leen y sacuden la cabeza con energía, como en plan, olé sus huevos por decir lo que hay que decir, coño ya. Son los Mario Vargas Llosa de la vida, esa clase de señores que van de que SON TAN PROGRES QUE SON FACHAS.

¿Qué cómo se sostiene semejante retruécano? Pues muy sencillo. Se trata de esa clase de personajes que afirman ser defensores de las más sagradas libertades y valores intrínsecos a la dignidad del ser humano, que sueltan eso "yo soy indenpendiente" sin descojonarse ni que se les caiga la cara de vergüenza. Cuidadín. No hablo de Federico Jiménez Losantos ni de César Vidal u otras maravillas del arte ecuestre. A estos señores "libeggales" no se los cree ni su propio público, que si sospechase mínimamente que son lo que a veces hacen como que les apetece aparentar, les daría la espalda. Fede y el Gordo Cabrón (así llamo yo de cariño a CV) son unos retrógrados de alta escuela, que si fuese por ellos nos devolvían a la Edad Media a la de ya, y pretender lo contrario es tontería. No, el "progre-tan-progre-que-es-facha" es otra cosa mucho más abyecta y peligrosa.

Me case con mi tía y la deje cuando se puso viejuna, eso es ser "Vida Loca", coño.

No, el "profacha" es ese ente abstracto que dice ser de izquierdas pero se comporta y opina como un falangista de manual, afirmando que esta actitud no es sólo perfectamente coherente con su supuesto ideario rojeras, sino que además es de auténtico progre y libertario, no como más de un "radikal" suelto que anda por ahí. De hecho, tenderán a intentar aleccionar al pobre "radikal", diciéndole que "es que hay cosas que no se pueden cambiar", useasé: "LA ECONOMÍA ES LA QUE ES" o "El Rey cumple un papel institucional necesario".

Aunque el "PROFACHA" más célebre del universo es Mario Vargas Llosa -al que muy acertadamente Gabriel García Márquez partió los piños hace un tiempo, harto de tanta tontería, imagino-, que como todos saben, es peruano, en España tenemos la mayor densidad de población de estos tipejos del universo.

Empecemos con un ejemplo fácil: Rosa Díez. Es que no hace falta ni explicarlo.

"¿Me parezco a la Sexo en Nueva York? ¿No? Jopeta".

Otro: José Bono. Si más de una perlita que ha soltado por esa bocaza no basta, recordemos que es consuegro de Rafael. Vale por casi todo el grupo parlamentario del PSOE.

Bono hambre!"

Más: Iñaki Gabilondo (o Gabigilondo, para los colegas). Hace poco ha dicho que en matería antiterrorista estaba equivocado y Aznar tenía razón, la única respuesta para el problema vasco (perdón, para la ETA), es la policía. Pero dejemos eso. Centrémonos en el rollo de la responsabilidad. La responsabilidad es una cosa que la derecha arenga contra la izquierda para que no haga cosas de izquierdas, porque ser de izquierdas es irresponsable., no sé si os habéis enterado ya. Repasen los editoriales que suelta al principio del telediario de Cuatro este individuo y luego me lo cuentan.

Iñaki haciendo gala de su siempre exquisita neutralidad periodística.

Los "Macho Men". El sobrenombre se lo robo a una profesora. Se trata del star system de la literatura española actual, esos que en sus columnas y páginas en dominicales rajan de lo mierdas que somos los jóvenes -como rajaron de ellos hace treinta años u más, por cierto- y de que Ejpaña ya no es lo que era y el mundo se acaba mañana. Los más destacados, a libro por año, Arturo Rambo-Reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías (cuyo segundo apellido es Franco, si te preguntabas por qué no lo usa).

"Me gusta el olor del napalm por la mañana. Eso, los veleros, los chalés y los restaurantes caros".

"Duermo con Elvira Lindo, si eso no es progresista no sé que lo será..."

"Como aparte de feo no sé tocar la guitarra, me hice el sensible a ver si así follaba..."

Laporta. Esto es peor todavía, el cáncer del alternativismo español: por ser catalán o vasco hindependentista uno no se vuelve automáticamente de izquierdas. Voy a repetirlo: por ser catalán o vasco hindependentista uno no se vuelve automáticamente de izquierdas. El nacionalismo es, por definición, de derechas. Y el Barça mueve los mismos millones que el Madrid. En serio, vamos a dejarnos de gilipolleces en ese sentido ya: todos los equipos de fútbol son igual de censurables políticamente.

"Estábamos en la UVI..."

Boris Izaguirre. Búsquense la entrevista en la que decía al Loco de la Colina que la derecha tiene cosas que la izquierda ha perdido, a saber, los buenos modales y el gusto por lo refinado. Boris era una auténtica maruja de tiempos de Franco y nosotros sin saberlo. Ya ni de los maricas puede fiarse uno.

Boris, épicamente glamouroso.

Les propongo un reto: busquen un PROFACHA y añádanlo en los comentarios, iremos aumentando la lista si pasan el corte (estaría bien discutir los propuestos de cara a una lista definitiva que pegar en la puerta de todos los bares de España). Tiene que ser público y notorio, vuestros padres no valen (aunque lo sean por definición).

"Por cobrar sueldo de futbolista y tener dos chalés no dejo de ser de izquierdas, jijiji..."

martes 2 de junio de 2009

Crisistunidad


Lo afirmó Lisa Simpson: los chinos usan la misma palabra para decir crisis que para decir oportunidad. Lo confirmó Homer: "Crisistunidad".

Y ya puestos, el refranero español dice aquello de: "tanto va el cántaro a la fuente...".

En fin, que fiel a su estilo, el Betis ha pegado un segundazo vergonzoso y vergonzante, que parece aún más tremendo por el tema del capicúa (el tercero por arriba y el tercero por abajo) y cuyo responsable último, más allá del rendimiento muy por debajo de lo que dicen sus nóminas de nuestros amigos los jugadores, se llama Manuel Ruiz de Lopera, el mismo nombre que alguna gente sigue empeñada en darle al estadio Benito Villamarín.

En fin, que es una crisis del carajo, porque no hay más que ver a la Real Sociedad o al Celta para darse cuenta (y el Zaragoza es difícil que no suba, pero ha sudado la gota gorda para meterse ahí) de que Segunda no es ningún paseíto para los "grandes". De hecho, así en frío, si de los tres descendidos me preguntan cuál veo antes volviendo a Primera, diria el Numancia, auténtico "equipo ascensor" especializado (por el mismo camino va el Tenerife).

Y también es una oportunidad. La que puede estar aprovechando el Zaragoza para construir un club nuevo y un equipo fuerte con un entrenador comprometido (o no). La que canalizaron en su momento el Villarreal y, si, el Sevilla. La hora de la limpieza, para la que existen dos caminos.

Uno, el más sencillo, el más duro, pero el que se pide a gritos porque a largo plazo será mejor, que se vaya Lopera. Quien venga detrás lo tendrá fácil para ganarse a la afición y justificar un "tránsito por el desierto" que se antojaría inevitable (Lopera ha descapitalizado el Betis como entidad, que a efectos prácticos pertenece a sus empresas) y en el que, miedo me da pensarlo, la permanencia en Segunda sería como para darse con un canto en los dientes.

El otro, el más complicado. Que Lopera se mantenga como "la mayoritaria", el dueño del cortijo, el boss, pero delegue la gestión del club en otras manos, presumiblemente las de alguien con un mínimo interés en dotarlo de una organización decente y de poner a cargo la faceta deportiva a un profesional del tema con un mínimo de compromiso. Esto lo veo difícil, fundamentalmente porque "don Manué" ha espantado a todas las figuras competentes de su entorno (sirva como ejemplo Lorenzo Serra Ferrer) y además tiene una tendencia innata a enrrabietarse en cuanto alguien le roba protagonismo (que le pregunten a Paco Chaparro). Es la principal razón por la que, en mi opinión, el personaje no piensa vender: le acojona que alguien venga detrás, lo haga mejor y, sobre todo, le cambie el nombre al medio-estadio (once años sin terminarlo, once, que tiene cojones). Aparte de lo que tenga que perder económica o legalmente, que no es poco.

A estas alturas, manifa con 65.000 personas mediante -ya sus podríais juntar así en la próxima huelga general que acabará llegando, chiquilicuatres-, está bastante claro que la Fundación Heliópolis y otros inventos no van a pagar porque Lopera no piensa ponerle un precio lógico a las acciones del club. De hecho, es más o menos probable que si alguien estuviese dispuesto a pagarle las barbaridades que pide por un club descapitalizado y en segunda, Lopera subiese el precio aún más como, de hecho, ya hizo el otoño pasado, inventándose incluso una sociedad fantasma para autocomprarse el equipo.

Los fichajes y salidas confirmados, ay, no auguran nada bueno. Qué Juanito se vaya es lógico, porque semejante desbarajuste no hay quien lo aguante, y menos un capitán, internacional y con ofertas de Champions sobre la mesa, al que se lleva ninguneando años, mientras a auténticos petardos que viene de fuera se les pagan cifras de galáctico. Económica y legamente Lopera tiene dos tercios de culo al aire, con Hacienda relamiéndose el colmillo. La posibilidad de sufrir un cachondeo administrativo como el que en su momento pasó el Atlético de Madrid o hace nada la Real Sociedad está ahí. Maradona nos proteja.

En fin, que esperemos que "mi Beti" aproveche, de la manera que sea, su "crisistunidad".

martes 12 de mayo de 2009

El síndrome de La Guerra de las Galaxias.

Existe una ley universal para la ficción, sobre todo la cinematográfica, llamada "Ley de la Trilogía". No sé si se encuentra catalogada o patentada por ahí, de seguro que no he sido el primero en darse cuenta, pero lo que si tengo claro es que se cumple con tanta precisión como da la hora un reloj suizo de los güenos-güenos.

El fundamento de la "Ley de la Trilogía" es más sencillo que el mecanismo de un botijo, y se aplica sobre toda saga peliculera de tres partes, sean estas planificadas o no. La primera película oscilará entre dejarse bien y no pasar de buena, digamos que rendirá en taquilla y complacerá a ese ente amorfo llamado público. La segunda, inevitablemente, la superará en calidad y cantidad, situándose entre "piniculón" y Puta Obra Maestra (P.O.M.). Y la tercera será un truñaco sin remedio, cuyo grado de fetidez artística, traicionando el espíritu de las dos anteriores y a los pobres fans. El grado de tración andará más o menos entre chivarse a Hacienda de que no pagas los impuestos o directamente apuñalarte por la espalda, follarse tu cadáver y prender fuego a tu colección de cómics (y si no tienes colección de cómics, largo de aquí, lamecandados, vete a ver Fama o cine iraní subtitulado o lo que sea que hagas).

¿Pruebas? Observen la progresión de las sagas cinematográficas de X-Men y Spiderman. Primera correcta, segunda orgásmica, tercera truño descomunal. El Señor de los Anillos, lo mismo, pese a todos los óscares del universo mundial. El Retorno del Gay era un coñazo, sobre todo el final, con Frodo y Sam asumiendo su homosexualidad reprimida de la forma más pastelosa posible -en la sala donde yo la ví empezaron a canturrear "qué se besen, qué se besen"- y esos fundidos en negro que hicieron que la gente se levantase antes de tiempo. Matrix y Regreso al Futuro: directamente ya les sobraba la segunda. Batman: la segunda era tan buena que para compensarlo, el karma hizo que a Joel Schumacher le dejasen grabar una cuarta aún peor que la tercera, que tiene mérito. El Padrino: si lo dicen hasta Los Simpsons, macho, es que la III da vergüencita, joder, Sofia, ¿pero qué haces? De verdad, estás enferma. Piratas del Caribe, ni se discute. Blade, en fin, si acabastéis de ver la tercera en lugar de salir y pegarle al acomodador, no porque tuviese la culpa si no por estar allí, más a mano, intentad defenderla si tenéis huevos.

Diréis que me estoy escaqueando de Indiana Jones o Superman, pero ahí ya la estáis cagando, chavalotes. Para empezar, a mí del Dr.Jones me parecen todas malas, así que argumentarme que La Última Mariconada es buena no sirve, y la post-mortem, esa ya llega al nivel de Batman y Robin de estafa infecta. En cuanto a las antiguas de Superman no se pueden considerar trilogía in stricto sensu, pero aún así el bajón ahí está, alcanzando sus más altas cotas de tontería en la cuarta, y eso que el guión tan malo no era. Y voy a tirarme un farol. Probad a mirar que pelis de James Bond, por orden cronológico, son múltiplo de 3. Una pista: la única que hizo George Lazenby es la sexta. Y Quantum of Solace hace 24.

Sólo se libra del tema este -la excepción confirma la regla- la trilogía involuntaria de los mosqueteros de Richard Lester, cuya tercera parte, El Regreso de los Mosqueteros, adapta Veinte Años Después convirtiendo al hijo de Milady en chica, y encima esa chica es Kim Cattrall pero veinte años antes, no sé si me explico. Si eso no es remontar en calidad que venga Dios y lo vea.

Pero centrémonos en la pionera, en LA trilogía, La Guerra de las Galaxias, la que abrió las puertas al despiporre actual de muñequitos de Rorschach en las estanterías de las tiendas de cómics y quinceañeras histéricas gritando en los salones del cómic "¡Soy friki! ¡Soy friki!". La primera, el Episodio IV avant la lettre -que maricona de playa estás hecho, Jorge Lucas-, un piniculón de aventuras más que potable, que se sigue dejando ver hoy en día y suma puntos por la gran cantidad de guiños mitológicas y todo eso -cuando alguien empiece a hablarte de como se basó Jorge Lucas en el trabajo de Joseph Campbell, no te flipes y empieces a planificar vuestra futura vida en común, pequeña gafapastofílica, ha leído un artículo en El País Semanal, pero no tiene ni puta idea de quién es Joseph Campbell-. La segunda, El Imperio Contrataca, un pedazo de película que te cagas, con el "Luke, yo soy tu padre" y toda la pesca, si tengo que argumentártelo más, largo de aquí, Jose Luis Garcí del pan pingrao. Y la tercera, El Retorno del Julai, pues... salen los ewoks y Leia es tu hermana -convirtiendo en incestuoso retroactivamente el piquito de la peli anterior-, en fin, ¿qué queréis que os diga? ¿Qué Jorge Lucas no lo tuvo todo planeado en ningún momento, que lo único que ha querido siempre, incluso cuando era un hippy zarrapastroso -para los estándares de Hollywood- era vuestro dinero? Pues eso. Puto gordo canoso, como te odio.

Quizás diréis que El Retorno del Julai no es tan mala. Que hay tensión, drama, secretos familiares, motos voladoras explotando, Lando Calrissian repartiendo juego, princesas en bikinis dorados, etc. Que los ewoks no tienen nada de malo, que son como peluchitos adorables o como si Chewbacca hubiese dejado embarazo a C3PO. Pero no, amigos, no. El Retorno del Julandrón es la película fundacional de otra lacra de la ficción actual, el llamado... ¡Síndrome de La Guerra de las Galaxias!

El síndrome de La Guerra de las Galaxias no es la obligatoriedad del peluchito mono, eso en realidad es culpa de Spielberg -ya ajustaré cuentas con ese también algún día-, sino el rollo zen y los hermanos secretos. "Leia es mi hermana". Anjá. Claro. Y hacemos otra entrega más y al final resultará que Han Solo es vuestro primo y tendrán que pedirle la dispensa a Yoda o algo. Perdón, que en la nueva Trilogía -otra excepción, primera horrible, segunda sólo horrorosa, tercera potable- descubrimos que C3PO lo construyó el pequeño Annie -tiene cojones-, así que... ¡también es vuestro hermano! Muajajá...

Pues ahora, espectadores de Pérdidos, lectores de los X-Men, sufridores de esa bazofia horribile llamada Héroes... díganme cuándo ha quedado bien que todo el mundo sea hermano de todo el mundo, sobre todo cuando es improvisado, como de hecho fue en La Guerra de las Galaxias. Yo se lo digo: nunca, porque falsea completamente las relaciones preestablecidas entre los personajes y obliga a una nueva dinámica sin sentido, sobre todo con el reduccionismo conservador yanqui sobre cuál debe ser siempre y en todo momento la relación entre los miembros de una familia, aunque la gracia sea que se trate de una familia disfuncional.

Bien. Ahora, cuando reflexionen sobre la película de Lobezno y mierdas tebeiles derivadas del acontecimiento, cuando tengan entre sus manos un cómic escrito por Chris Claremont posterior a 1991 o alucinen al oír las explicaciones que están por venir en Perdidos sobre qué coño hace Christian Shepard jodiendo la marrana por ahí, cuando hagan todo eso, ya sabrán a qué se debe esa sensación extraña, de que algo falla, de que huele a cuerno quemado...

Culpa de Jorge Lucas y el día que se leyó la contraportada de un libro de Joseph Campbell.

martes 21 de abril de 2009

Uno que va y dice...

Ese pedazo de enano que llegó, cogió una canica y dijo: "Tengo el mundo en mis manos".


Por cierto, cuando aquí el hijo perdido de la familia Adams, al que desecharon por feo, sí, este señor:


...dice eso de "Hay que incentivar la búsqueda de empleo", lo que quiere decir es dejar a la gente sin subsidio de desempleo para que así tenga que aceptar el primer trabajo de mierda que le ofrezcan. Porque los Hijos de Puta (TM) que saben que en la vida se van a quedar en paro ni les va a faltar el dinero entienden que lo único que hay que arreglar es la cifra que sale en los titulares, no las vidas de las personas.

Y pregúntese, hipotético lector, si el PSOE se acomoda hacia la derecha cada vez que puede, será porque hay hueco, así que ¿dónde está el PP? Pista: más a la izquierda no.

lunes 8 de septiembre de 2008

Mira, tengo un logo nuevo


El ERE se cargó a José Ángel de la Casa -quién me iba a decir que lo echaría de menos-, José Luis Garci y al puto amo Antonio Gasset, entre muchos otros. La 2 se ha ido convirtiendo en un chiste malo del que han desaparecido las series buenas -la última que sacaron fue A dos metros bajo tierra-, el cine de calidad en horarios asumibles y, en general, cualquier viso de programación cultural o de divulgación científica. Lo más mejór que tienen ahora mismo es Saber y Ganar, con el apolillado presentador de mandibula hostiable y su voz en off que le hace de dominatriz sexual. Ahora le toca a Radio3, que parecen dispuestos a convertir en la misma mierda que hay en el resto de emisoras.

Pero, eh, mira, tenemos logos nuevos. Cine de barrio repite en ciclos de seis meses la filmografía completa de Paco Martínez Soria. En Identity se dedican a dejar en bikini a cualquier mujer joven que se presente, aunque su identidad sea la de monja de clausura de las Venerables Madres Adoratrices del Santo Prepucio de Alejandría. Corazón Corazón y Corazón cuatro estaciones sobrevivien porque comparados con la bazofia del Cangrena 3 y TetaCinco parecen periodismo de calidad. Pero, eh, esto son los logos que necesitábamos, que reflejan los cambios que ha sufrido RTVE en los últimos años.

Como la desaparición de los conciertos diarios en la 2, el final del cine en versión original -y de todos los programas que no trataban de taquillazos prefabricados-, del teatro televisado, de las emisiones decentes de fútbol internacional, de los programas sobre música independiente, de las adaptaciones de clásicos de la literatura, de los reportajes de verdadera investigación...

Desde luego, el telediario es ahora mejor que en tiempos de Urnazi, pero no tiene mérito. Y, en el apartado de series de producción propia, tras una época oscura en la que sólo Cuentamé mantenía alto el pabellón, apareció Desaparecida -jeje-. Pero claro. TVE también estrenó Operación Triunfo, que aunque comparada con la versión de TetaCinco parezca caviar ruso, era una chorrada que maldisimulaba el morbillo patético y cotilla. Y tenía el GrandPrix, aparte de otras magnas obras presentada por el ínclito Ramontxu.

Y sí, peor están las autonómicas, todas vendidas al gobierno de turno, TeleMadrid que sólo le falta empezar las noticias con el Cara al Sol y Canal Sur que ha convencido a todas las abuelas de Andalucía de que Chaves cura el cancer imponiendo las manos. Eso sin entrar en las privadas, por supuesto, incluyendo a Cuatro y La Sexta, que destrozan cuantas series caen en sus infectas manos. Nadie llega al nivel de Cangrena 3, claro, que últimamente está empeñada en que lo de Roquetas es comparable a los disturbios de París y que abre deportes con el Real Madrid aunque Rafa Nadal y Alonso consigan ganar la NBA a raquetazos sobre un monoplaza. Sólo TetaCinco, con esa programación de 24 horas de reality, en inevitable ciclo operación truño-gran hermano-supervivientes, que se suceden los unos a los otros como las mareas.

Pero, eh, TVE ha cambiado sus logos. Y dicen que los nuevos micrófonos de RNE son más suavitos y blanditos que los de antes. Y los bolígrafos. Y las carpetas. Y todo lo que llevase un logo. Al menos espero que ver un uno dentro de un círculo verde suba la audiencia, porque a ver como se va la famosa deuda si te dejas una pasta en cambiar el material para que sea más dinámico y paradigmático.

Por Dios, si hasta se echan de menos los programas de Sánchez Dragó y Pedro Ruiz. ¿Sigue Punset por ahí, o se suicidó después de lo del reality del colegio con famosos ese?

Si algún día escribo una entrada añorando el ¡Qué apostamos! o Ana y los Siete, qué alguien me pegue un tiro.

martes 2 de septiembre de 2008

Adivina quién viene a cenar...

Tengo una teoría compartida por amplias capas de jóvenes de mi generación: cualquier película en la que salga Will Smith se convierte, por su sola presencia e independientemente de otros factores, en film de culto. El corolario viene, además, con la certeza de que a Parque Jurásico sólo le falta la presencia de Smith para ser la mejor película de todos los tiempos.

Fieles seguidores de Will Smith desde los tiempos gloriosos de El Principe de Bel-Air, muchos de nosotros, prepúberes noventeros nacidos en los tiempos de Wachtmen, Ronin o Akira, nos entusiasmamos con Independence Day -menos en el discurso del presidente-, pegamos botes sobre el asiento con Men In Black I y II, disfrutamos como enanos con Wild Wild West -obra maestra infravalorada-, y abucheamos al histérico de Spike Lee cuando se quejó de que Will aceptase rodar La leyenda de Bagger Vance pese a que en dicha película no se hiciese referencia a la discriminación que sufrían los negros en EEUU durante los años 20.

Con esto quiero decir que cuando, tiempo ha, me senté a ver Alí, lo hice con la expectativa de ver si el bueno de Will demostraba esas dotes interpretativas sobre las que aún hoy se ciernen dudas razonables y, además, las cantidades de toñas y moralina de andar por casa imprescindibles en cualquier película de boxeo. Pero me encontré con una película sobre la negritud, sobre eso que los liberales autocomplacientes y los socialdemócratas de salón llaman "las utopías del siglo XX", una película que, con sus más y sus menos, hablaba tanto de Muhammad Alí, el hombre, como de "el campéon" como fenómeno social, en un tiempo en que esos a los que llamamos "los famosos" todavía no estaban completamente prefabricados y, además, aún sobrevivían los últimos especímenes de intelectual influyente sobre el gran público.

Durante la primera mitad de Alí, la figura del campeón comparte protagonismo, casi involuntariamente, con la de Malcolm X, interpretado por Mario Van Peebles, otro puñetero actor de culto encasillado en películas de acción. Los vaivenes políticos y las insinuaciones sobre el control que el FBI ejercía sobre las reivindicaciones de derechos civiles resentes en la película me hicieron saltar al Google, la Wikipedia y las bibliotecas -en estas últimas con éxito relativo- para saber más sobre la Nación del Islam, las razones que llevaron a Alí a cambiarse de nombre o la figura de Malcolm X. También provocó que buscase el documental Cuando éramos reyes, y que aprendiese un poco, sólo un poco, de historia del boxeo profesional en EEUU.

Luego, la apisonadora cultural yanqui me ha brindado la oportunidad de ver en contexto muchas obras más, como el capítulo de Padre de Familia en que Peter Griffith descubre que tenía un antepasado negro, o la trama en Ex Machina sobre el cuadro de Lincoln. En la relación del superhéroe Pantera Negra con sus homónimos del Black Panther Party. Por supuesto, en las películas del histérico de Spike Lee. Y en la paranoia de El Anarquista, el negro simbólico de X-Statix, la obra maestra de Peter Milligan y Michael Allred. Pero también estuvo "La parte de Fate" de 2666, de Roberto Bolaño, New Thing, de Wu Ming 1, o los escritos del mismísimo Malcolm X. Tu abuelo no iba en el Myflower, tu abuelo era mercadería. El mito fundacional no te pertenece. Tu abuelo no era Thomas Jefferson, era Toussaint Louverture.

Sidney Poitier protagonizó en el 67 una película como la copa de un pino, En el calor de la noche, en la que interpreta al detective del FBI Virgil Tibbs, enviado a un pueblo de esos de la América profunda donde las matrículas de las camionetas lucen la bandera confederada, para investigar el asesinato de un empresario supuestamente motivado porque ofrecía trabajo a los negros en igualdad de condiciones. Tibbs tiene como enemigos a los racistas paletos del pueblo, pero también a sus propios prejuicios, que lo hacen descartar pistas debido a su obsesión con los motivos raciales del asesinato. En la escena cumbre -al menos para mi gusto- de la película, un grupo de aldeanos tiene acorralado a Virgil, que hasta entonces sólo se había librado de ser linchado gracias a la protección del sheriff, en un descampado de las afueras, de madrugada, sin nadie cerca que pueda ayudarle. Parece que ha llegado el final para nuestro héroe, pero entonces cae en la cuenta de que, gracias a su investigación, conoce los secretos de toda la panda que lo rodea, en especial de la hermana del cabecilla y uno de los matones. Dos frases del detective y los blanquitos endógamos acaban disparándose entre ellos, saliendo él completamente ileso y, de paso, resolviendo el crimen al conseguir librarse de su -justificadísima, eso sí- manía persecutoria.

En un capítulo de la primera temporada de El príncipe de Bel-Air, que era una serie de negros y para negros hasta la médula, sólo que nosotros éramos analfabetos cuando la veíamos, el tío Phil -qué grande eres, James Avery- recibe un importante reconocimiento de la comunidad de Los Ángeles como juez negro o yoquesequé. Sus padres acuden para la ocasión y, en concreto, la abuela Banks se dedica a contar un montón de anécdotas, sobre sus orígenes humildes y cómo luchó por los derechos civiles, que lo hacen avergonzarse. En acto de contricción, su discurso de agradecimiento comienza recordando cuando era el pequeño Zeke y competía en carreras de cerdos al sur de Virginia. Unos años más tarde, en una de las últimas temporadas, cuando Will y Carlton ya están en la universidad, intentan entrar en una de esas hermandades que se montan los gringos, pero de inspiración netamente negril. El líder espiritual de la misma, un tipo con rastitas y perilla, decide que no admite a Carlton porque es un "coco": negro por fuera y blanco por dentro. Carlton se defiende con uno de esos discursos al final del cual se meten aplausos enlatados, que culmina en una frase magistral: "No tengo que disculparme por ser negro y haber tenido una buena educación". ¿A nadie más le chirrió el contraste entre los dos capítulos? ¿La distancia psicológica que habían recorrido la serie y Smith? ¿De qué sirve Alí? ¿De verdad era tan histérico como parecía el bueno de Spike Lee?

Por muchas cosas que estén empezando a pasar, para nosotros, humildes íberos capetovetónicos que nunca hemos sido racistas porque por aquí hasta hace diez años sólo se paseaban los gitanos, que son como una cosa muy nuestra, todo esto es ciencia-ficción. El optimismo que pueda generar Obama sólo nos lo filtra el miedo comprensible a que la senilidad McCain y el fundamentalismo religioso de Sandra Palin puedan marcar los destinos del país responsable de la mitad del gasto militar del planeta -es decir, que EEUU invierte en armas lo mismo que todos los demás JUNTOS, incluídos Reino Unido, China y Rusia, segundo, tercero y cuarto en el ranking-.

Sin embargo, la historia de la negritud, desde los cánticos en la plantación hasta 50cents pasando por Martin Luther King y, una vez más, el histérico de Spike Lee, nos hablan de una cultura a la búsqueda de sus propias raíces, del sincretismo en todos los aspectos de la vida y de la lucha por la propia identidad. Volvemos a Malcolm. El mito fundacional no te pertenece.

Pero, ¿nuestro mito fundacional, cuál es? ¿Quién necesita realmente echar un vistazo atrás? ¿Quién es nuestro abuelo? ¿Los comuneros de Castilla? ¿Los moriscos de las Alpujarras? ¿El Cid o los príncipes poetas de las taifas? ¿O los tipos renegridos, de fajín y navaja de siete muelles, que gritaban "¡Vivan las caenas!" mientras destripaban franceses?

jueves 21 de agosto de 2008

El caballero oscuro, de Christopher Nolan

La versión definitiva (de momento) de un mito en constante evolución. Dejando atrás las versiones retro de Burton y Dini y el estilo kistch desbocado de Joel Schumacher, Christopher Nolan sumerge a Batman en los problemas del XXI y demuestra el potencial del muy permeable género superheroico (y tal).

El planteamiento es el de La broma asesina, pero llevado al extremo. El Joker, caracterizado como el psicópata "demasiado lúcido" de Arkham Assylum, agente del caos empeñado en demostrar que todo el mundo es como él a poco que se rasque. Batman, el agente del orden que, para demostrar lo contrario, se ve obligado a "contaminarse" y saltarse los principios que dice defender. Es una revisión más pesimista, pues si en el cómic de Moore y Bolland el Comiserio Gordon mantenía la cordura y se reafirmaba en sus convicciones, en El caballero oscuro, Harvey Dent, el representante "puro" de la ley, pierde, y acaba convertido en un trasunto del mismo Joker. Batman, por su parte, termina por mancharse las manos, limpiando los pecados de Dent en una especie de sacrificio cuasi religioso.

Pero en esa Gotham en la que no existen soluciones fáciles y nada es absolutamente blanco o negro, queda resquicio para pequeños rayos de esperanza: la familia Gordon, con el comisario como el único del trío de "héroes" que no es tocado por la corrupción; la reacción del preso honrado o Lucius Fox destruyendo al "hermano ojo" y marcando que hasta para los vigilantes enmascarados existen límites que no deben sobrepasarse.

Un paralelo es La jungla de cristal, explotando el miedo al "terrorismo" en un momento en el que este roza más la paranoia que cuando se rodó la peli de acción de Bruce Willis. Otro, Heat, por la patina de realismo con que se cubre y la épica que surge de la importancia de lo que sucede en pantalla, de la cual los efectos especiales son sólo una herramienta (chúpame un pie, Michael Bay). Peroa mí, además, me recuerda a El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford. Tenemos, por un lado, al hombre de ley y ciudadano ideal, recién llegado a una ciudad corrupta hasta el tuétano, y por otro, al "superhombre" que combate esa corrupción según sus propias reglas, tan al margen de la ley como aquellos a los que se enfrenta. Entre ambos, una mujer. Y luego, la situación difícil, la decisión imposible y la actuación en consecuencia de ambos. En El caballero oscuro es el "honrado ciudadano" el que pierde, y el tono es mucho más pesimista, pero la dicotomía.

El caballero oscuro es una demostración de que no existen los géneros menores, siendo los superhéroes una metáfora perfectamente válida y útil destinada a un público más o menos adulto (o haciendo llegar mensajes complejos a públicos muy variados). No se puede decir que eleve al cómic como medio, en todo caso al cine, pero lo que sí es cierto es que toma materiales de historias de Batman que han tratado los mismos temas con igual efectividad: La broma asesina, Arkham Assylum, Batman: Año Uno, Gotham Knights, El regreso del Señor de la Noche, The Cult...

Scott McLoud, en La revolución de los cómics, hablaba de los superhéroes como un género basado en las fantasías de identificación adolescentes -así nació Superman-, y señaló como ese tipo de historias ha comenzado a trasladarse al cine y los videojuegos arrastrando tras de sí a su público objetivo, de modo que el tebeo debería empezar a explorar otros géneros. Dejando aparte el reduccionismo gringo -tebeo=superhéroes-, habría que señalar que los superhéroes son un género híbrido y permeable, donde los mismo caben la historias de detectives que la ciencia-ficción o, a qué negarlo, el culebrón más rancio. Sus temas centrales, por convención, vienen a ser el poder, el bien y el mal y cómo "salvar el mundo", presentes en obras maestras como Wachtmen, Miracleman o Astro City. Aún así, no son privativos de la historieta, cine, televisión y literatura pueden acogerlos sin ningún problema, como lo prueba, por ejemplo, El protegido.

Pero El caballero oscuro, en la línea del mejor Año Uno, convierte a Batman en una fantasía de identificación "adulta", en la que ser un "superhombre" no es necesariamente una tarea fácil. El espectador no se recrea pensando en todo lo que podría hacer si gozase de la espléndida fortuna de Bruce Wayne, sino que se revuelve incómodo en el sillón, preguntándose qué haría de estar en su lugar. Como en Wachtmen, el "superhéroe" representante la solución insensata al problema imposible, la espada que corta el nudo gordiano, una respuesta que, aunque efectiva, lleva implícita, en su falta de respeto consciente hacia las reglas del juego que dice defender, la penitencia.

La estructura del magnífico guión, en el que ningún elemento se encuentra al azar o para adornar, gira sobre sí misma. En esa historia cuyos nudos se repiten, son las motivaciones de los personajes las que aportan los matices a cada acto. Harvey y Bruce se ayudan mutuamente sin saberlo, uno carga con las culpas del otro por distintos, al final, el menos corrupto de los dos es el que sucumbe. Muertes fingidas y saltos en la ley, ¿es, finalmente, bueno o malo que Batman no se deba a ninguna ley, igual que el Joker no respeta los códigos internos de la mafia? Cuando el mundo entero es corrupto, ¿saltarse leyes en principio justas está justificado? (Toma retruécano).

La dirección, además, está al servicio de todo esto. Con grandes momentos, es espectacular y sobria en los momentos que debe serlo, y, a pesar de que es una película muy violenta, apenas si se nota. El único delirio morboso son las cicatrices de los dos villanos, exageración de sus traumas personales, y que contrastan con las de Batman, que no lleva las marcas de los suyos a la vista. Y sí, Heath Ledger está horrendamente magnífico, consiguiendo que cada vez que aparezca en pantalla el público se acojone. Todos los personajes tienen algún momento para que el actor se luzca, justificando el reparto de órdago, otro mérito del guión.

Me voy a esperar a que se me pase el entusiasmo para decidir si es mejor o no que Batman Vuelve y en qué nivel del Top Ten de películas de superhéroes habría que colocarla. Desde luego supera a Batman Begins en todo, supongo que por eso los paralelismo que le han sacado con El Padrino II. Nolan, que encima también se encarga del guión, está cerca de convertirse en el mejor director que se haya acercado al género, a punto de comerse a Bryan Singer, Ang Lee y, los santos nos valgan, Tim Burton.

sábado 16 de agosto de 2008

La carretera, de Cormac McCarthy

Cormac McCarthy es el escritor gringo de moda en la actualidad, un poco por el Oscar aún calentito de la adaptación de No country for old men y otro poco por esta novela, La carretera, ganadora del Pulitzer de ficción en 2007 y que está vendiendo como churros a ambas orillas del Atlántico, siendo traducida a cuantas lenguas civilizadas se ponen a tiro y con adaptación protagonizada por Viggo Mortensen en marcha. Obra de McCarthy son también novelas como Meridiano de sangre o Todos los caballos bellos, y las solapas de sus libros se complacen en presentarlo como una suerte de cartujo al estilo de J.D.Salinger, aunque es algo más fácil encontrar fotos suyas recientes.

La carretera narra las desventuras de un hombre y su hijo supervivientes de un desastre nuclear. La mayoría de las ciudades se han colapsado y apenas quedan un puñado humanos, reducidos casi a animales y que se apañan como pueden con los escombros, en medio de un invierno nuclear que ha cubierto el cielo de ceniza y terminado con los colores. El hombre y el chico se dedican a viajar hacia el sur siguiendo una antigua carretera que aún sigue en pie, suponemos que en alguna parte de la costa oeste de lo que una vez fueron los Estados Unidos. Usan un carrito de la compra para cargar mantas, herramientas y la poca comida que consiguen saquear de los lugares abandonados que van encontrando a su paso. El padre vive en constante paranoia, cargando una pistola para la que casi no le quedan balas y de la que nunca se separa, temiendo tanto al resto de los supervivientes como al momento en que, finalmente, no les quede comida que recuperar ni sur al que llegar.

La descripción de los personajes y el ambiente es mínima, los diálogos cortos y bastante concisos, aunque hay bastantes. El comienzo de la novela introduce rápidamente en la rutina del hombre, cuyo punto de vista filtra la acción la mayor parte del tiempo, a través de varias escenas cortas pero repetitivas, con enormes elipsis entre ellas y apenas ambientación. El estilo -ojo, he leído una traducción- adquiere una cadencia casi cansina, que refuerza la sensación de desesperanza y final inminente que se desprende de la acción. No hay adornos. Al igual que los personajes, lo que preocupa a la narración es el monótono y vacío día a día, siguiendo la carretera y escondiéndose del resto de los supervivientes, luchando tan sólo por tener algo que comer al día siguiente.

Slavoj Zizek analiza su artículo "El choque de civilizaciones en el fin de la Historia" la magnífica Hijos de los Hombres, del director mejicano Alfonso Cuarón. La película describe un mundo futuro, a veinte años vista, en el que la humanidad se ha vuelto completamente esteril. Para Zizek, la esterilidad a la que se refiere la película resulta más espiritual que real, y la sociedad sumida en el miedo y la desesperanza a la que da lugar esa esterilidad es sólo una prolongación sesgada de la nuestra. En la misma medida, aunque tirando más del "realismo mágico" que de la ciencia-ficción, funciona la obra maestra de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, donde la "enfermedad de la luz blanca" es sólo una excusa para retratar la condición humana.

En La carretera la civilización no se vino por las bombas nucleares, sino por las peleas de lobos sobre las cenizas. El protagonista es el guardian de la esperanza, representada por ese hijo suyo que no conoce el mundo anterior al desastre, una esperanza que para volverse más fuerte, real, posible, tendrá que enfrentarse por el camino a las mayores enormidades. El mundo de La carretera es uno donde los seres humanos viven en la constante desconfianza, ya que han aprendido a cosificarse entre sí, a reducir a los otros al beneficio que puedan obtener de ellos. La violencia o la antropofagia no hablan tanto del mundo post-apocalíptico como del nuestro.

La novela comienza con un sueño del hombre, una pesadilla de muchas que se nos irán desgranando conforme avance la historia. En la morosidad descriptiva del relato hay mucho de voluntad onírica, reforzado por el anonimato de los protagonistas y las situaciones arquetípicas por las que habran de pasar antes de llegar al inevitable final. Los sueños del hombre, que él considera pesadillas porque le recuerdan el mundo anterior, marcan el ritmo, pero los del niño se
regatean. No los tiene. Sólo sueña con el mundo que conoce.

Proteger al niño, al que considera el último dios, vivir para que éste pueda ver un día más, se presenta como una tarea esteril para el padre en la medida en que la humanidad, intuye, debe encontrarse destinada a la extinción. Las decisiones que habrá de tomar para sobrevivir, además, se someten al escrutinio moral del chico, que necesita que su padre le recuerde que son "los buenos", que siguen "llevando el fuego". La pregunta recurrente es si existen más de los buenos, gente como ellos, en alguna parte, con niños como él. La contestación es que debe haberlos, que están ahí fuera, pero se esconden los unos de los otros. El final, pese a todo, es todo lo optimista que puede ser. Los buenos siempre siguen adelante porque nunca se comerían a sus propios hijos, en la metáfora más dura, efectiva y esperanzadora de toda la novela.

Juan Ignacio Ferreras, en su ensayo La novela de ciencia-ficción, considera el género como una especie de "romanticismo hacia delante", donde los autores, en lugar de recrear gloriosos pasados remotos al estilo de Walter Scott o Henryk Sienkiewicz, imaginan un mundo futuro que sirve de tapadera al actual, o en el cual vuelcan sus anhelos o miedos. La Distopia sería el subgénero por excelencia, coronada por obras que han pasado al acervo de la cultura libresca del XXI, aunque con lecturas particulares: 1984, Un mundo feliz o, más recientemente, Soy leyenda, de la cual La carretera es una suerte de "revisión realista". Más en la línea de Un mundo feliz, donde la opresión y la esterilidad vienen de un mundo aterrador que no hace sino colmar todos nuestros deseos, camina un clásico del género en España, disfrazado de space-opera: Lágrimas de luz, de Rafael Marín. Otra cosa es que el género se hibride o, según otros, directamente se muera.

Más reciente que la novela de Marín es el relato del bizarro Jeremy Robert Johnson "La Liga de los Ceros", en las antípodas metafóricas de La carretera pero de fondo casi idéntico, del cual extraigo la cita que cierra esta entrada, una de esas que uno se apunta, esperando hasta que tiene la oportunidad de colarla, venga a cuento o no:

Nadie ha lanzado una bomba. Ningún gran fuego ha chamuscado la Tierra. Sólo terminamos así. Seguimos una progresión natural del pasado al presente. No somos post-apocalipsis, somos post-ayer.

martes 12 de agosto de 2008

Apuntes olímpicos


Cuatro jornadas y para España dos medallas, una de oro y otra de bronce. La primera, completamente orgásmica, era esperable, pero no de la mano de Samuel Sánchez y menos de esa manera, y encima acompañado de los 37 tacos de Rebellin y de la remontada de Cancellara. La segunda, la de José Luis Abajo en espada individual, también orgásmica por inesperada. En fin, qué orgullo patrio más orgulloso que le entra a uno en fechas como estas.

La Edad de Oro del Deporte Español (LEODE, a partir de ahora y en futuras entradas) se las promete muy felices, pero las quinielas ya han pinchado en hueso en judo y natación. Probablemente se ronden las 15 medallas, con un poco de potra, las 20, pero no sé yo si batiremos -nótese la primera persona del plural que denota mi acendrado patriotismo constitucional- el record de 22 de Barcelona`92. Nadal, el baloncesto y la vela no deberían fallar, pero vaya vuesa merced a saber. En lo del dopaje ni entro, porque el mamoneo de Lissavetzky
en plan "pero qué implacable que soy" no lo cree ni él.

La cobertura periodística está siendo exhaustiva, pero como soy de los pervertidos a los que sólo les interesa el recuento de medallas -cómo en Eurovisión la parte del "guayominí depuán"- y quedar por delante de Portugal y Marruecos, ya que de Francia e Italia no puede ser, no me quejo mucho. Me molesta cuando Carreño se pone a tontear con la del tiempo, pero eso lo hace durante todo el año. Destacaré, eso sí, las dos noticias gilipollas, imprescindibles en todo magno evento de calado mundiás: primero la racista y luego la machista. Recomiendo leer los comentarios de los lectores en ambas, que no tienen desperdicio. Y una pregunta: ¿por qué Marca pone la foto de Almudena Cid, si el texto ni la menciona?

Eso sí, quién iba a decir que, hasta ahora, el programa televisivo que más leña ha repartido en todos los sentidos ha sido el Pasando Olímpicamente de los Gomaespuma. Cliken , si no lo han visto todavía, en el TVE a la Carta de la página de RTVE, y busquen el programa de ayer, lunes 12 de agosto de 2008. Los presentadores se quedan a gusto desde el primer minuto, con la organización pero es que la sección de Ruben Amón reparte estopa a los que ellos se habían dejado.

Y no es lo mejor, eso queda para la entrevista a Moratinos, en la que Guillermo Fesser, al que deberían poner a presentar las noticias, le pregunta por qué no llegan a los mercados europeos las motos eléctricas de bajo consumo que todo el mundo usa en China, y Moratinos suelta una respuesta que, de tan sincera e indicativa de cómo funciona el cotarro, demuestra lo tontísimo que es y los estúpidos que piensan que somos los ciudadanos. Y luego, ya con el otro un poquitín nervioso -yo llamo a Gomaespuma, "Fesser y el otro", ¿qué pasa?-, va y le dice que si los chinos son tan malos por qué España se lleva tan bien con ellos, que si somos los más gilipollas del universo o qué pasa aquí. Impagable.

En fin. No olviden supervitaminarse y supermilenarizarse.

sábado 9 de agosto de 2008

Transliterando (I): 'Drawing' versus 'cartooning'

Hace poco he tenido la suerte de leer, en el muy recomendable blog sobre cómic Con C de Arte, una serie de ensayos y recopilaciones de declaraciones de dibujantes europeos y norteamericanos que reflexionaban acerca del concepto de “buen dibujo” referido al arte secuencial (1, 2, 3 y 4). Básicamente, tratan sobre el sacrificio de unas ilustraciones de gran complejidad y “realistas” en favor de una narración fluida y clara, a la que ayuda un dibujo más esquemático.

Chris Ware, autor norteamericano “independiente” –esto es, no superheroico–, identifica ambas prácticas con los términos drawing y cartooning, que es imposible traducir literalmente al castellano, pero supongo que si filtramos un poco sentido práctico anglosajón por la exquisita pedantería francesa –que llama scénaristes a los guionistas y dessinateurs a los dibujantes–, podríamos usar para ambos conceptos “ilustrar” y “dibujar”.

Así pues, “ilustrar” implicaría un dibujo –lo siento, pero aquí se me acaban los malabrarismos terminológicos, capitán Kirk, soy pedante, no filólogo–, como diría alguien que entienda de arte y eso, muy figurativo, detallado, complejo, en el que la mirada, forzosamente, ha de detenerse para captar cada matiz. Un dibujo que, narrativamente, ralentiza la acción, ya que congela el tempo de lectura. Unas ilustraciones, en fin, que exigen cierto esfuerzo en un momento dado.

Por contraste, “dibujar” da lugar a unos personajes y escenarios menos “realistas”, a un espacio más esquemático y, hasta cierto punto, típico, que se puede identificar fácilmente. Seguir el “movimiento” de una viñeta a otra se hace más sencillo, y comprender “qué es lo que ocurre” también. Como cuentan Jean-Claude Mézières y Gil Kane en su conversación, el dibujo al servicio de “la idea”. Le dan un poco de caña a Jack Kirby, pero realmente no creo que“el Rey” fuese tan manierista. Quizás es que sabía narrar demasiado bien, y el gusto por la acción y lo espectacular lo perdían... claro que, a ver quién es el guapo se queja de eso.

Esto tiene una traslación muy sencilla a otros medios. En la esquina de “los ilustradores” y sus bellas estampas que anulan la acción, con mucha reflexión y mucho esteticismo de ese, junto a dessinateurs como Jean "Moebius" Giraud, Van Hamme y Milo Manara (ejem), tenemos a –agárrense los machos– Ingmar Bergman, Stanley Kubrick –casi siempre–, Sofía Coppola, Leopoldo Alas “Clarín”, Azorín, Thomas Mann –aunque este señor era bipolar–, Gustave Flaubert, Javier Marías o Ray Loriga. Enfrente, con ganas de pelea y tan nerviosos que parecen rabos de lagartija, patrocinados por Jack Kirby, Hergé y Osamu Tezuka, los señores John Ford, Steven Spielberg –la fusión Lee+Kirby aplicada al cine–, Ridley Scott, Christopher Nolan, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós –que se las sabía todas–, Fiodor Dostoievski, Alejandro Dumas –a veces sí, a veces no–, Charles Dickens, Arturo Pérez-Reverte y los Wu Ming.

Tiene mala leche la división, ¿eh? Simplista y demagoga, como mínimo, y seguro que se puede cambiar de sitio a –casi– todos. En la primera categoría he colocado a los mariquit... perdón, a los “artísticos”, en la segunda, a los “populares”. Al final, gracias a mi nada sutil manipulación, el drawing versus cartooning resulta ser el eterno debate entre continente y contenido, entendiendo este último casi más como algo que “tenga interés” que como algo “interesante”. Pero tampoco hay que pasarse, avispado lector –o lectriz–, que he de hacer notar cómo ha quedado fuera el petardeo. Rob Liefeld, Michael Bay o Julia Navarro son la mar de entretenidos, y Miguelanxo Prado, Julio Medem o Carlos Ruiz Zafón la hostia de pedantes, pero no los he incluido.

Por ejemplo. ¿Qué se supone que estoy entendiendo por “narrar bien”? He incluído en esa categoría a Christopher Nolan, director de películas como Memento o El truco final, cuya estructura es, cuando menos, peculiar. Por si acaso alguien no las ha visto, diré que Memento está contada al revés, la primera escena es la última en la cronología de la historia, y que El truco final se compone de varios flashbacks dentro de otros flashbacks, con un personajes leyendo el diario de otro, que cuenta en este lo que ha leído en el diario del primero. Y aún así, Nolan es un buen “narrador” porque ha rodado unos guiones de su propia cosecha que estaban escritos para, a la hora de ser magnificamente montados, todo le fuese quedando clarísimo al espectador, el cual podría ir sumando dos y dos perfectamente. Aunque, supuestamente, las dos películas tiene finales estilo El sexto sentido, donde “todo lo que creías es mentira”, en realidad son cosas que te puedes ir imaginando casi desde la primera escena.

¿Y sobre “las bellas estampas que anulan la acción”? Pues eso mismo, sean o no elaboradas compilaciones filológicas de impecable léxico. Independientemente de los significados y significantes o las dobles y triples lecturas que los planos generales y descripciones detalladas puedan tener, provocan en el espectador/lector un profundo y placentero sueño... Bien entendido que entre las diez películas que me llevaría a una isla desierta –no sé donde enchufaría el portátil, eso sí, a menos que fuese La Isla hay, al menos, una de Bergman, otra de Sofia Coppola y otra de Kubrick, tengo que admitir que son un coñazo, al igual que los densos novelones de Azorín, Flaubert o Javier Marías.

Maticemos, maticemos... No son un coñazo, pues de sus estilos recargados pueden extraerse miles de lecturas que, sin duda, entretienen, y mucho, al ped... cultivadérrimo lector que de ellas quiera disfrutar, pero, también sin duda, requieren de un esfuerzo de comprensión mucho mayor que La lista de Schindler o La piel del tambor. Por ejemplo, en una anécdota extraída del tristemente extinto programa “Qué grande es el cine”, como aquél amigo de Juan Manuel de Prada que, en mitad de una proyección de Fresas salvajes, se levantó a masajearse las sienes porque le dolía el majín de tanto exprimirlo.

Y esto no porque sean “mejores” o “peores”, más o menos “bonitas”, o más complejas en el sentido de multiplicidad de lecturas, sino, “simplemente”, porque el modo en que han codificado sus chorrocientos significantes –no tienen nunca porqué ser más que los de las otras– es moroso, lentorro, complicado... ¡pedante! A medio camino entre ambas vías, el mejor, el más grande, el único Gabriel García Márquez, con Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera y Cien años de soledad atrapando el tiempo, congelándolo, y sin embargo haciéndolo fluir con naturalidad inusitada. Empiezo a intuir, a todo esto, que hace un rato que me aleje de la definición “canónica” que dí al principio de drawing y cartooning.

Como no quiero regalar a mis lectores y lectrices un tochazo antológico –y qué creerá el tío qué es esto, estarán pensando–, voy a dejar aquí esta entrada, la primera de una serie que no sé adonde me llevará, en esta, mi humilde tarea pedante. En la segunda entrega, tras establecer las bases de mi insanía mental y mi ignorancia tebeístico-literario-cinematográfica, me propongo seguir pegándome leches contra la teoría de la enunciación rescatando la eterna pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un artista y un artesano?

Esperando su participación, se despide, una vez más, el pedante.