miércoles, 15 de febrero de 2012

Los gatos del Albaicín

Los gatos del Albaicín descienden de los gatos alquimistas de los reyes nazaríes. Muchos afirman ser familia del mismísimo gato del sabio Ebben Bonabben, el preceptor del príncipe de la Alhambra, pero lo cierto es que casi ninguno puede demostrar un linaje que vaya más allá de los gatos callejeros de los años de la posguerra. Devoran palomas con la frialdad del carnicero, esperando por turnos con jerarquía selvática. Pero también usan sus garras y dientes para perseguir a la mala gente que camina, esos humanos sin rostro con mejor memoria para los ancestros pero incapaces de estar a su altura. Son sombras de ojos que refulgen por entre las cornisas y las esquinas, maullidos que se pierden sobre tejado invisibles. Son el testimonio de la magia nunca olvidada, los guardianes de esos otros gatos que dormitan en cajas de arena y han olvidado como cazar.

Los gatos del Albaicín poseen el orgullo de las casas reales en decadencia. Cuando contemplan un perro, no se rebajan a erizar ante él su pelaje, sino que se yerguen sobre sus cuatro patas y de un salto ocupan el saliente más cercano al intruso. Impasibles a sus zafios ladridos, los gatos del Albaicín desquician a los perros colocándose fuera de su alcance y siguiéndolos con sus miradas implacables de cazadores. Hasta que el amo llama y el perro se retira, con el desprecio del gato del Albaicín, sucio y libre. La única venganza del can es mancillar con sus desperdicios las calles que vigilan los mininos alquimistas, pero ellos son más sabios. Amo y perro se retratan ante los hombres nobles que les legaron el empedrado sobre el que defecan, y sólo el gato se revela como el heredero de aquellos.

Los gatos del Albaicín acecharon a los pistoleros de negro, a las casacas azules y a los hombres de hierro de centurias antiguas. Ahora esperan, pacientes, que pase el tiempo de los glotones y los hipócritas, que no merecerán ni las risas de sus bisnietos. Ronronean y encogen sus pupilas, afilan las garras contra la pared y se retiran de los bigotes la sangre seca de una paloma. Pues son los bastardos de alquimistas musulmanes con desheredadas hebreas y heterodoxos cristianos, y si algo les sobra es paciencia.