domingo, 20 de febrero de 2011

El personaje Ruth y el personaje Hannah

Me han regalado hace nada ‘Sexual-mente’, de Nuria Roca. No pregunten. El libro es cortito y se lee en dos sentadas, asi que me ha durado menos de un fin de semana. Es una de esas cosas que no puedes decir si están bien o mal escritas, porque su función la debe cumplir, y para eso está. Tampoco acierto a adivinar si realmente lo ha escrito quien lo firma –que me perdone Nuria Roca, pero es una pregunta inevitable–, y sobre si todo es verdad o es mentira, ya hay un par de capítulos dedicados a decir que ni sí ni no, sino todo lo contrario. Que está escrito con plantilla, eso ya os lo digo yo.

En ‘Una mujer difícil’, de John Irving –adaptación al cine con Jeff Bridges y Kim Basinger hace unos años–, la protagonista, Ruth, es una escritora a la que su amiga Hannah le tiene detectado un ‘tic’ recurrente –y ese símil es un tic recurrente de Irving, pero dejémoslo para otro momento–: las recrea a ambas en cada novela. Por un lado, el ‘personaje Hannah’, una mujer desinhibida y, a juicio de la narración, un poco zorra. Por otro, el ‘personaje Ruth’, la protagonista, más mojigata y moderada, pero que suele despendolarse gracias a la amiga.


En ‘Sexo en Nueva York’ tenemos, como decía Brian Griffith –el perro de ‘Padre de familia’–, a tres prostitutas y su madre. A efectos prácticos, a tres cursis superficiales y estúpidas y a Samantha, Kim Cattral, haciendo de zorra para que ellas lo parezcan menos. Pero de muy muy zorra. No he llegado a ver suficientes capítulos como para verle las tetas tan a menudo como otros, pero recuerdo un diálogo en que Charlotte –la morena estreñida– le pregunta si su vagina tiene visitas turísticas “porque siempre está abierta”.

En ‘Ally McBeal’, para que ella y sus amigas petardas no nos pareciesen tan insoportable, estaba Jane Krakowski haciendo de la ‘secretaria cachonda’. Pero les salía el tiro por la culata, porque ella y ‘Bizcochito’ eran los únicos personajes que parecían meridianemente simpáticos. La serie iba de progre, pero a la mínima le atizaba al personaje de la Krakowski, “por zorra”, que daba asco. Será un trauma de mi mente adolescente, pero a mi la actriz me sigue dando un morbo de la leche sólo por ese papel. Que su personaje en ‘Nine’ lo hiciese Penélope Cruz me causó casi el mismo trauma que la superposición Antonio Banderas/Daniel Day Lewis. Pero eso, mejor otro día.

En fin. Nuria Roca tiene en su libro una “amiga Esther”. La procaz, en el fondo, en la forma y en el habla, que lo prueba todo antes que nadie y va repartiendo consejos, que escandaliza, o al menos obliga a hacerse las escandalizadas, a las demás, y se tira a todo bicho viviente, de vez en cuando de uno y otro sexo. La protagonista –que vamos a llamar Nuria Roca, aunque el libro podría haberse escrito con plantilla para que encajase cualquier otra famosa televisiva con cambiarle un par de detalles– acaba haciendo caso a sus recomendaciones con relativa timidez al principio pero disfrutando como una enana finalmente. Ejem. 


Hay un capítulo en que Nuria habla de esa tía que hay en todas las familias que se harta de viajar y es tela de progre. Admite el tópico tal cual, como lo son el resto de personajes del libro, incluyendo a Eduardo, el editor, que hila un capítulo con otro en virtud de lo locos que supuestamente se están volviendo el uno al otro. Y ella lo deja por escrito para que vaya a imprenta. Qué guay. En otro, habla de que un novio le decía que las revistas de moda femenina parecen hechas para tíos, por la cantidad de fotos de señoritas en ropa interior y cara de viciosas. Hombre, a lo mejor son para lesbianas. Pero vamos.

El libro de Nuria Roca, cámbiale una coma allí y un localizador allá, parecería una recopilación de entradas del blog ‘La cama de Pandora’, en elmundo.es, que firma Pandora Rebato –y su gato Prometeo–, periodista de edad indeterminada y que disfruta de su sexualidad alegremente. Ella tiene una amiga Lucía y una amiga Elena, y sus anécdotas son como los argumentos de ‘Cuentamé’ o ‘Rome’: como no se trata de ser verosímil, sino representativo, y todo tiene que pasarle al mismo protagonista, pierden gracia por acumulación.

Antes de seguir, hay una película, ‘Las mujeres perfectas’, dirigida por Frank Oz, la voz de Yoda, y protagonizada por Nicole Kidman. Christopher Walken “robotiza” con un chip en la cabeza a todas las hembras de un pueblecito perdido para que se comporten como zombies, perfectas amas de casa de los 50. Lo gracioso del engendro es que, aunque Nicole y sus amigas –una gorda progre y un gay, que junto a ella, mujer profesional, desafian el orden patriarcal establecido– ganan, da como lección que “no es necesario nada perfecto”.

Es decir, que el rollo cincuentero si que es perfecto, sólo que “no hace falta” aspirar a él. A, ninguna de las zombificadas femizonas se divorcia de los capullos de sus maridos que permitieron la robotización –todos menos el de Nicole–. Y en la relación del amigo gay, él, como más ‘amanerado’, tiene el rol de la chica. Pero, eh, la peli es feminista. ¿No ven que la mala al final es Glenn Close?

Como ya sabemos que no hay nada más machista que una mujer machista, y que además el machismo se transmite por vía materna, ¿para qué se escriben todas estas historias de mujeres liberadérrimas que tiene que fingir, básicamente, que la que lo está más que ellas es una zorra? Tampoco es que haya que caer en el “soy puta pero mi coño lo disfruta”, para empezar porque... ¿eres puta por follar mucho y bien? ¿O vivir tu sexualidad es hacer realidad fantasías masculinas? 


No, en serio. No hay nada más machista ni absurdo que la literatura “para mujeres”. Susan Tamaro –que escribe de eso, aunque le pese– se quejaba de que la gran liberación de la mujer se quedó en apenas sexual, y porque les convenía a los hombres. No iría tan desencaminada, la señora. Y todavía me estoy preguntando para quién exactamente está escrito el libro de Nuria Roca, pese a que tenga momentos geniales como en los que echa en cara a sus amigas que le exijan a cada tío que sea un atleta sexual mientras ellas no se preocupan en absoluto de dejarlo satisfecho –o satisfacido, según el día–.

Otra cosa bastante irritante de ‘Las mujeres perfectas’ era que los maridos quieren esposas zombie para poder pasar el día... bebiendo, fumando y peleando con coches teledirigidos. Vale que es una comedia, una especialmente idiota –por Nicole necesitaba pasta y Frank Oz iba borracho–. Pero tócate los cojones. El machismo asigna roles a todos. Como dice el chiste “Me dicen gay porque no me gusta el fútbol, pero en realidad soy gay porque me gusta comer pollas”.

A servidor, asín, por darle un toque personal, lo que vienen siendo las pollas como que no. El fútbol si. Pero no fumo –y un puro no es siempre un puro, “machotes”– y odio los coches y casi todo lo que tenga ruedas. Y veo ‘The Good Wife’ y me encanta. Sobre todo, me pregunto por qué no deja de una puta vez Julianna Margulies al capullo de Mr. Big.

Aparte, lo de lanzar hojas al aire mientras chillo y me golpeo el pecho rítmicamente, para ahuyentar a otros machos que puedan arrebatarme el dominio de la manada, no lo llevo mucho. Lo dice Leonard en ‘The Big Bang Theory’. En la era de la Información, nosotros somos los machos alfa. Marcamos paquete con sms o entradas del blog. O con reportajes. O no.

Y como diría Ian Malcolm, otro que tal bailaba, intentando integrar chulería y empollonismo –un Indiana Jones de la vida, quizás–: “Aquí estoy yo, hablando sólo. Eso, eso es la teoría del caos”.

Nos vemos en un flash.

(Y las ilustraciones, de 'Sócrates, el semiperro' y 'Las olivas negras', con Sfar, judío francés, en toda su gloria).

lunes, 31 de enero de 2011

Debajo de la barba

- ¿Por qué llevas barba? –preguntó Ángela.
- No puedo contártelo, es un secreto –contestó Jose.
- Si no me lo dices, gritaré, le diré a Papá y Mamá que te has metido conmigo y te castigarán.
- Bueno, está bien. Llevo barba para ocultar una cicatriz. Va desde aquí hasta aquí, debajo de la oreja. Me la hizo mi antiguo jefe, un capo del narcotráfico, porque me enamoré de su hija y la ayude a escapar de la hacienda donde la retenía, como una flor de invernadero, para que cumpliese su sueño de conocer Europa.
- José, nosotros ya vivimos en Europa. Y eso es mentira.
- Tienes razón. En realidad la llevo para ocultar las horribles señales de quemaduras que tengo desde mis tiempos de tragafuegos, cuando viajaba con el Circo Mundial. Por entonces yo tenía una novia equilibrista, de madre rusa y padre turco, el pelo negro y ensortijado y los ojos azul hielo. Un día, mientras ensayaba mi número, haciendo malabares con las antorchas y masticando el humo, la vi paseando de la mano con Sansón, el forzudo del circo, sordo y mudo de nacimiento, algo botarate pero de buen corazón. Fue tal el impacto que me dio tos, con tan mala suerte que me ardió toda la cara.
- También es mentira, las quemaduras te dejarían lampiño.
- Ahí has estado lista. En realidad, oculto un tatuaje que me hice cuando era marino mercante. Una vez, mi barco atracó en un puerto en Centroamérica, y yo me fui de borrachera con dos compañeros. La bebida local, fermento de una planta carnívora, nos sentó tan mal que despertamos en una cuneta a horas inadecuadas, de tal suerte que el barcó zarpó sin nosotros. Para sobrevivir, nos unimos a una banda de maleantes que se reconocían unos a otros por un tatuaje con forma de estrella de cuatro puntas color rojo que llevaban en la quijada. Cuando conseguí volver a casa, para evitar que mis antiguos compinches me reconozcan si algún día me los cruzo, decidí dejarme barba.
- Se te notaría de todas formas, te lo has inventado. Me estoy cansando.
- Tranquila, ahora viene la buena. En realidad, me dejo la barba desde el mismo momento en que me cambié el peinado y empecé a teñirme de moreno. Eso es porque en realidad no soy tu hermano, sólo tienes uno y es Manolo. Yo era un agente doble de la Interpol infiltrado en el servicio secreto de una dictadura de Europa del Este, que contribuyó a liberar a miles de presos políticos y a la llegada de la democracia tras la caída del Muro de Berlín. Pero uno de los espías comunistas me descubrió y mis jefes decidieron esconderme, fingiendo que era el hijo de un civil patriota y de confianza, tu padre.
- Papá no es ni civil, ni patriota, ni de confianza, Jose, te puede la ambición con las mentiras.
- Sí, esa era muy evidente. En realidad, lo hago como una promesa. Sabes que un hermano del abuelo murió durante la última guerra. El ejército nos dijo que fue mientras acometía una misión de rescate tras las líneas enemigas, pero yo sé la verdad por una carta que nos dejó su esposa: lo abatió por la espalda un compañero, primo lejano suyo, por una cuestión de propiedad de tierras. En la carta, la tía-abuela encargaba al que de nuestra familia la leyese el primero la misión de localizar a los descendientes del lejano primo cainita y vengar la muerte del tío-abuelo. Como él llevaba barba cuando murió, a causa de estar sirviendo en las trincheras y carecer de cuchillas y espejos, yo me la dejo también, y sólo me afeitaré cuando hecho justicia a su recuerdo.
- El abuelo era hijo único.
- Es verdad. En realidad, todo esto lo digo para ocultar mi complejo: me dejo la barba porque tengo muy poca barbilla y apenas mandíbulas. Si me afeitase, todo el mundo podría ver que mi cabeza tiene la forma de un embudo, y como mis ojos son tan grandes, creerían que soy un marciano y el Gobierno haría experimentos secretos conmigo en alguna base subterránea en el desierto.
- He visto fotos tuyas de pequeño, tu mandíbula es ancha y cuadrada, como la de todo el mundo en la familia.
- Vaya, no hay forma de engañarte.
- No. Si no me lo dices ya, chillaré, gritaré, lloraré y patalearé.
- De acuerdo, de acuerdo. ¿Quieres saber de verdad por qué me dejo la barba?
- Sí.
- Para poder inventarme historias cuando alguien me pregunte por qué me dejo la barba.


Utrera, septiembre de 2008

domingo, 1 de agosto de 2010

Nadie puede oirte pensar mientras hablas de toros

El día el España-Suiza, se aprobó la reforma laboral. El del España-Alemania, el decreto de las cajas de ahorros. Al día siguiente de que el Parlament de Cataluña prohibiese los toros, el PSOE y el PNV aprobaron una serie de enmiendas a la reforma laboral que la volvían, si cabe, más draconiana.

Mientras los opinadores se dividen en dos bandos rápidamente, para no tener que pensar mucho, y se entregan al tipo de demagogia que mejor les parezca, sobre el tema de taurinos y antitaurinos, los políticos están la hostia de tranquilos. Los toros, tradición, espectáculo, tortura, cultura, o lo que sean, no cambiarán nuestro modo de vida. No nos subirán el sueldo, no mejorarán nuestras condiciones laborales, no nos devolverán los derechos perdidos.

La táctica de los partidos que se dicen de izquierdas durante los últimos, más o menos, 20 ó 30 años -antes de la Caída del Muro, sí- ha sido refugiarse en la 'cultural warfare' para evitar que se note demasiado que sus políticas económicas y laborales son tan neoliberales y perjudiciales para el obrero y las clases medias como las de la derecha.

En eso Zapatero ha sido un maestro. Hasta el más extremista de los neoliberalotes lo tiene por un bolchevique peligroso -también un poco porque les conviene- y, durante un tiempo, los progres lo tuvieron por algo, al menos, parecido. Sin embargo, ZP es la sinecdoque del hiprogresismo, maquillaje 'revolucionario' y fondo neonazi.

¿Matimonio gay? ¿Memoria Histórica? ¿Ley del aborto? Ok. ¿Bajadas de impuestos "de izquierdas"? ¿Eliminación de impuestos de sucesiones, por ejemplo? ¿SICAVs? ¿Precarización del mercado laboral? Cielo santo. ZP es un eurocomunista.

Todos los debates antes mencionados -los de la primera parte-, tienen una parte positiva para PP y PSOE. Muy positiva. Tocan la parte de los cerebros de sus votantes que no piensa. Ambos se dedican a jalear "el sentimiento" y "la indignación", unos por la parte religiosa y franquista -nunca murió, se fue de parranda- otros por el hiprogresismo. Y a vivir.

¿Qué debate gordísimo deberán promover los del PRISOE de aquí a 2012 para movilizar al electorado antiPP? Porque, atención, Zapatero ha ganado dos elecciones seguidos gracias a los votos antiPP, a él no le apetece votarlo ni a su madre. Es la única oportunidad que le queda. Que den más miedo los otros porque, si el PSOE ha hecho todo esto, ¿que no harán ellos?

Pero todas esas cositas de código civil, el matrimonio gay, etc., ¿va a deshacerlo Mariano, cuando, increiblemente, se convierta en otro inútil más investido como presidente del Gobierno? ¿Tendrá los santos cojones de hacer eso? ¿Nos meteremos en otra espiral revanchista? 

La pregunta es... ¿ES REAL LA ESPIRAL REVANCHISTA? Porque si no lo es, los políticos nos toman por gilipollas. Pero si lo es, son un irresponsables por alentarla en aras simplemente de rascar un poco de sillón.

Porque les da igual. Sólo quieren el silloncito para colocar a sus colegas y familiares y trincar.

Entonces, perdón, pero, ¿qué estamos haciendo?

¿Qué preferís, la cabeza del Espíritu del Bosque o salvar vuestra ciudad?


Un 'mononoke' es un espíritu enfadado; un 'dios', como se suele traducir, cuya paciencia los humanos han puesto a prueba.

(Bienvenidos a la segunda entrega de una serie involuntaria sobre Miyazaki. No sé si vendrá alguna más después, pero de momento no he podido evitar hacerlo con mis dos películas preferidas. La princesa Mononoke, si bien no me gusta tanto como el cortomaltesiano héroe cansado Porco Rosso, tiene muchas  más lecturas).

San, la princesa Mononoke, es una niña humana abandonada por sus padres a la que la diosa lobo Moro cría como si fuese parte de su camada. Son los humanos quienes la bautizan como 'Princesa Mononoke', la princesa de los espíritus furiosos, ya que al criarse como uno de ellos, se comporta como si lo fuera. Esta suerte Mowgli femenina reniega de su herencia humana -Moro lamenta que no sea ni una cosa ni otra-, aunque no puede evitar abrazarla al caer enamorada de Ashitaka. Cuando éste, herido y alucinando, le confiesa que es preciosa, su reacción es de miedo, pues no comprende."Ese muchacho quería compartir su vida contigo". "Odio a los humanos".

Los dos personajes, que realmente no pertenecen a ningún mundo, son el eje del panfleto ecologista, pacifista y ¿socialista? de Miyazaki.


Ashitaka, el príncipe perdido de los Emishi, es el verdadero protagonista de la historia , hasta el punto de que Miyazaki se planteó poner su nombre en el título, y no el de Mononoke. Este héroe pacifista es el personaje que más vidas se cobra en toda la película -y tiene mérito, debe ser la obra más violenta de todas las de Miyazaki-, pero siempre en defensa propia. De hecho, cuando masacra a casi media docena de samurais de Lord Asano mediado el filme, prácticamente se limita a devolverles sus propias flechas, sólo llega a sacar una sola de su propio carcaj.

Durante gran parte de su trayecto, el monje o Lady Eboshi mencionan al príncipe sus idiosincrasias, sus flechas de punta de piedra y su fiel alce rojo. El apenas menciona que viene "de muy lejos". Los Emishi están condenados sin su príncipe, que los ha abandonado por culpa de la maldición. Ashitaka es un testimonio de otro tiempo, una sabiduría ancestral que se mantiene en equilibrio con la naturaleza mucho mejor que los hombres nuevos de la Ciudad del Hierro o la ira sin reflexión del 'ejército de Mononokes', bastante intolerantes a su manera. Cuando Moro le revela su deseo de destrozarle la garganta -al fin y al cabo, en última instancia Ashitaka está allí para llevarse a su hija-, la respuesta de él es "Es un bosque precioso".

Ashitaka viaja entre los dos bandos. Se bautiza junto a laguna del Espíritu del Bosque y comparte penurias con San y sus hermanos lobos, pero antes ha comido en la mesa de los conductores de bueyes, trabajado en la forja con sus mujeres y observado el trabajo de los leprosos. Su objetivo es obtener el conocimiento desde la serenidad, y Lady Eboshi y Moro le conceden la oportunidad, la primera sin ser consciente de las consecuencias. La escena cumbre de Ashitaka es cuando impide el combate singular entre la líder de la Ciudad del Hierro y la princesa Mononoke. Las separa y las derriba a ambas mientras la maldición de su brazo se muestra en toda su gloria. "Esta es la imagen del odio".

El momento más duro de La princesa Mononoke es, precisamente, cuando el joven príncipe alcanza la linea de frente entre los hombres de Lady Eboshi y los dioses jabalí del Gran Okotto. Lo primero que encuentra es una enorme fosa con cuerpos cubiertos con capas de paja a los que sólo vemos los pies. En una esquina, el joven soldado que se ha encargado de darles sepultura está acurrucado con la cara entre la manos. Un plano de apenas dos segundos con uno de los mensajes antibelicistas más potentes que he visto en una película: el desastre que suponen las vidas perdidas no necesitase explicitarse, pues al ver al enterrador no tenemos sino que recordar el optimismo reinante en la Ciudad del Hierro.

¿Es realmente Lady Eboshi la villana de la historia, el opuesto al buenismo ecologista de Ashitaka y San? Difícilmente se puede evitar sentir simpatía por el ejército de desheradados que comanda: prostitutas, leprosos y conductores de bueyes dignificados gracias un objetivo común y a su propia fuerza de trabajo.  Acompañado de un componente feminista más que subrayado por la historia, con mujeres fuertes dispuestas a defender la ciudad de los muy patriarcales samurais de Lord Asano, a los que el guión vapulea sin ninguna piedad. "No podemos fiarnos de los hombres, recordadlo". Y también "Haciendo las cosas a mi manera no se pierden vidas".

Lady Eboshi encarga a sus artesanos leprosos que le fabriquen rifles más pequeño que su ejército de ex prostitutas pueda manejar con comodidad. Unos leprosos a los que, como explica el anciano Osha, ella mismo vendó las heridas, alabando su pútrida carne. "No hagas a Lady Eboshi objeto de tu venganza. Ella fue la única que nos consideró seres humanos". De hecho, parte de su proyecto, apenas confesado a Ashitaka, es usar la sangre del Espíritu del Bosque para curarlos.

A pesar de sus maneras autoritarias, casi mesiánicas, o precisamente gracias a ellas, la comuna de Lady Eboshi roza el socialismo utópico, el falangsterio (muy) fuera de época. El cuidado de la líder de otorgar un marido agricultor a cada prostituta no oculta la libertad sexual que reina en la Ciudad del Hierro, todo lo que una película 'para todos los públicos' y un cuento épico pueden insinuarlo. Los hombres están algo menos contentos con la situación, avergonzados de la libertad que perciben en sus compañeras, aunque incapaces de resistirse a la evidencia de lo que les ha beneficiado el liderazgo de Lady Eboshi. "Dicen que si las mujeres son felices, la aldea es feliz", comenta Ashitaka, cuando ellos se quejan.


Pero claro. Sólo la industrialización reconduce esa energía, consigue igualar y aunar los esfuerzos de esa masa que quiere y puede sustituir a los anticuados samurais de Lord Asano.Por su parte, Eboshi es incapaz de apreciar la belleza del momento en que el Espíritu del Bosque da la paz a Moro y Okotto. y comienza su metamorfosis en el Caminante Nocturno. "Os voy a enseñar cómo se mata a un Dios. Un Dios de la vida y de la muerte. El secreto está en no temerle". Su objetivo es destruir la esencia misma del misterio del bosque, sin el espíritu (eso piensa ella, y así se los comunica a Ashitaka), los animales serán sólo animales, y no dioses. Los lobos se irán y la princesa volverá a ser humana. Y sin ellos "este bosque será el lugar más próspero del mundo".

Los verdaderos villanos en La princesa Mononoke no llegan a aparecer, no llegan a dan la cara. "Me preocupan más los humanos que los disoses del bosque". Son el violento Lord Asano, líder de los samurais empeñados en desterrar a Lady Eboshi y sus corte de los milagros. El lejano y casi anónimo emperador Mikado, con su vana esperanza de obtener la inmortalidad gracias a la cabeza del Espíritu del Bosque. Pobres y estúpidos ignorantes. La líder de la Ciudad del Hierro relativiza la importancia del soberano cuando enseña la carta que le lleva el monje a dos de sus ex prostitutas casi analfabetas. "¿Qué es un Mikado? ¿Es una persona importante?".

¿Cuál es la ventaja del ejército de leprosos y prostitutas cuando los samurais de Lord Asano les ponen cerco, aprovechando la ausencia de los hombres? Su determinación y su pericia técnica. "Podemos lanzarles plomo fundido si es necesario", proclama Toki, la líder de la ex prostitutas. El esfuerzo de los más débiles, que convirtieron el bosque en mina, intenta ser aprovechado por el muy feudal Asano, que se llevará un severo correctivo tanto por la superior tecnología de los de Lady Eboshi como por el demiurgo Espíritu del Bosque, que parece tener planeado su propio final desde el principio.

De hecho, Lady Eboshi, mutilada y redimida, es, finalmente, quien gana. Moro y Okotto, los líderes de los dioses del bosque, mueren. El Espíritu del Bosque se sacrifica para salvarlo, y con ellos los animales quedan reducidos a su naturaleza bestial, perdiendo la magia que los caracterizaba (aunque un Kodama solitario en la última escena. Y la presencia de Ashitaka en la reconstrucción de la ciudad garantiza que San no lo atacará al mando de lo queda de la tribu de los lobos.

Hasta la historia de amor entre Ashitaka y San se nos regatea, una vez más. El regalo antes de la huida, el abrazo en el momento en el Caminante Nocturno se inclina a recuperar su cabeza, la declaración de él en medio de la fiebre... El final de la película los separará, uno en la nueva Ciudad del Hierro -o no- y la otra como nueva líder de los lobos, separados por el río pero confesándose su mutua importancia en la vida del otro.

El poder de la naturaleza, que entre todos los humanos apenas San y Ashitaka pueden intuir, y el de la solidaridad y el trabajo entre los desheredados, tratando de ser controlados, para intereses mezquinos y egoístar, por dos poderes lejanos, cuyo rostro nunca llegamos a ver, violentos y patriarcarles. Paladeen el concepto de esta subversiva 'película para niños', con un príncipe exiliado, una niña entre dos mundos y un ejército de prostitutas defendiendo, antes que a Dios -que aquí es un medio, nunca un fin- a sus propias dignidades, a la bondad y la solidaridad más propia del ser humano que el odio que a veces envenena sus corazones.

"Construiremos de nuevo una ciudad, pero una buena ciudad". Y todo esto, después de que el Espíritu del Bosque se sacrifique por el bien de todos -como Nausicäa... ¡y como Porco Rosso!- y Dios desaparezca para que los humanos construyan, quizás, una utopía igualitaria, basada en el trabajo y respetuosa con la naturaleza, en la que se harán responsables de sí mismos.

Claro que siempre queda el solitario Kodama del final...


miércoles, 21 de julio de 2010

Un cerdo que no vuela sólo es un cerdo


Mi película favorita de Hayao Miyazaki, por encima de La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro o cualquier otra formalmente más correcta o conceptualmente más desquiciada. Porco Rosso, 'El cerdo rojo', es un piloto de hidroavión en la Italia de entreguerras que se gana la vida como mercenario, combatiendo a los piratas del aire, mientras evita ser reclutado por la aviación fascista.

Marco, el nombre del hombre bajo el cerdo, se transformó debido a una maldición indeterminada, en una escena que se nos hurta y que ocurrió en algún momento tras su participación en la  Primera Guerra Mundial, en la que perdió a Berlini, su mejor amigo y marido de Gina, la dueña del restaurante que sirve de territorio neutral a los hidroaviadores del Adriático y a la que ama en silencio desde la distancia.

El momento, nunca aclarado, en que se sitúa este Mediterráneo idealizado, esta Italia de postal y escenario soníricos, equivale a los primeros años 30. Todos hablan del fascismo, de la crisis económica y, sin mencionarlo, del fin de una época inocente, la resaca de los felices 20. El epílogo, narrado por Fío, la aprendiz, mecánica y ayudante, de apenas 17 años cuando Porco la conoce, nos presenta a los piratas y a Gina, ya ancianos, pero no nos aclara el verdadero final del protagonista.

La 'cerditud' de Porco es más una renuncia a la humanidad que una maldición, una cruz voluntaria de un héroe cansado y crepuscular. A lo largo de la película, lo recuerda una y otra vez, cuando se niega a comprar bonos del estado por el bien de la patria -'lo lamento, pero eso son cosas de los hombres"- o cuando, al casi ruego de un antiguo colega que no quiere tener que detenerlo por no enrolarse, responde "prefiero ser un cerdo que un fascista". ¿Por qué? Porque "los cerdos no tienen ni país ni ley". 

En el restaurante de Gina, el Adriana -el nombre del primer hidroavión de Porco, aunque eso lo sabremos luego y casi de refilón-, ella conserva en un tablón la única foto de Marco antes de su transformación, en la que el ha tachado su propia cara con un punzón. Quiere destruirla, pero su amiga y amante platónica se niega tajantemente.

La primera escena de Porco Rosso nos presenta al protagonista en su base secreta, una cala escondida en una pequeña isla deshabitada del Adriático, con una tienda de campaña y una casita encalada en blanco excavada en el hueco de la roca y que no llegamos a saber si realmente usa. El agua, lo veremos luego, es tan cristalina que se puede observar a los peces como en un acuario, y siempre brilla el sol sobre ella. Porco echa la siesta sobre una silla de playa, con un paraguas atado a un palo como sombrilla, una revista de moda cubriéndole la cara y música de ópera en la radio.

El momento cumbre de la película no es el duelo con Curtis, el piloto americano con aspiraciones a estrella de cine -un Errol Flynn de opereta y autoirónico-, sino la historia que narra Porco a Fío la noche antes. Durante un combate casi al final de la guerra, Marco, aún humano, es herido a bordo de un avión averiado y pierde el conocimiento convencido de que va a morir. 

En algo que nunca llegamos a saber si es realmente una alucinanción, el piloto ve a su hidroavión cabalgando sobre una llanura de nubes y observa una estela blanca surcando el cierlo sobre su cabeza. Cuando los aviones de amigos y enemigos empiezan a surgir del mar de nubes y sobrepasarlo -incluído Berlini-, Marco descubre que la estela es una fila infinita de aviones caídos en combate, de todos los bandos, volando juntos hacia el horizonte. Entonces vuelve a perder la conciencia, para despertar con su hidroavión flotando en medio del mar.

Fío, desde su saco de dormir, especula: "Dios te dijo: 'No vengas todavía', ¿verdad?". Porco se ríe y responde "La verdad es que a mí me pareció oírle: 'Volarás sólo para el resto de tu vida'".


El otro día, visionando la película por cuarta vez -creo-, se me ocurrió, de repente, mientras Berlini se unía a la fila fantasmal de pilotos anónimos perdiéndose en el horizonte, que en ella debía volar Antoine de Saint-Exupery.

Perdónenme la pedantada -o no, qué coño, de eso va este blog-, pero Porco Rosso es primo hermano de El último vuelo, de Hugo Pratt, en el que se especula con las últimas horas del autor de El principito, mientras se hace un repaso a su biografía. El 31 de julio de 1944 -menos de una semana para el aniversario-, en plena Segunda Guerra Mundial, Saint-Exupery despegó desde la Córcega aliada para una misión de reconocimiento de la costa francesa, entonces ocupada por los nazis, y nunca regresó.

En 1935, como preludio a su desaparición, se había estrellado en pleno desierto de Libia pasando cuatro días perdido junto a su copiloto, rozando ambos la muerte. Era un enfermo de pilotaje que desde 1926 había ejercido como aviador comercial tras cinco años en la fuerza aérea francesa.

Aunque su obra más famosa es El principito, y cerca le anda Ciudadela -que es como El Silmarillion, una recopilación póstuma de sus notas que hay que coger con pinzas, y que por cierto me acabo de leer hace nada-, el resto sorprendería a las legiones de fanes: Correo del sur, Vuelo nocturno, Tierra hombres o Piloto de guerra

No sé por qué, me da que hubiese hecho buenas migas con el cerdo de Marco.

domingo, 18 de julio de 2010

Los siete pretendientes malvados de Penélope


En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, el salvaje acaba pegando una paliza de impresión al grito de "zorra" a Lenina Crowne, su objeto de deseo, cuando, tras confesarse su mutua atracción, ella coge y, directamente, se desnuda para pasar a la acción. El 'choque cultural' entre el bárbaro protagonista y la genéticamente diseñada Lenina es evidente en tanto el concibe el ayuntamiento carnal si no es previo paso de una prueba de hombría -hacer el cabra frente a Pukong y Jesús, como sus compadres de la reserva-, y para ella lo más natural es ceder al impulso tan pronto como se pueda, que para eso el mundo es puro disfrute y compra compulsiva.

La reacción del salvaje -por mal nombre John- nos puede parecer un poco exagerada desde nuestra óptica actual, que estaría más cerca de los follarines saltimbamquis que componen la horrenda distopía de la novela de Huxley. Sin embargo, para el simpático salvaje es del todo lógica, en tanto es un hombre pre-fordiano en el más absoluto sentido del estúpido término -encadenad tantos adjevitos faltos de lógica si podéis, vendedores de tocino-.

El héroe clásico, antes de mojar, tiene que pelear. Básicamente, es un rito de paso, demostrar que es un hombre con todas las letras, y no un delantero de la cantera del Atlético de Madrid. Eso, para Ulises, era comerse diez años Egeo, va Egeo viene, y luego tensar el arco y adiós muy buenas pretendientes de Penélope -aunque entre tanto se tiraba a unas cuentas jamonas de la Antigüedad, tipo Circe-. Para Lanzárote, descabezar dragones. Para D´Artagnan... ah, no, espera. D´Artagnan finge que es otro para tirarse a Milady (por cierto, sin que ella llegue a quitarse el camisón, cosas de los franceses). Os engañaron con el mosqueperro, chavales. 

Ahora los relatos de madurez son o evasiones de la realidad o esas mariconadas que llamamos slices of life. Es decir, tostones en los leemos, viñeta a viñeta o fotograma a fotograma, un proceso de madurez presuntamente verosímil -y a base de elipsis- de un pequeño e irritante pijo presuntamente representativo de todos nosotros y nuestro apocalipsis de las cacatúas -¡cacatú, cacatú!-.

Scott Pilgrim es la historia de un chaval canadiense -un soso-, en concreto de Toronto, que tiene un grupo, no trabaja, vive con un gay y tiene por novia platónica a una cría de instituto. Una desgracia humana como hay tantes en este mundo. Se enamora de Ramona Flowers, que es una chavala americana y con el pelo cambiante de color que siempre va en patines. El tema es que, más allá de la proverbial tontería que tiene Scott encima, salir con Ramona conlleva tener que vencer en combate singular a sus siete ex novios malvados. Asín, literal. Los combates son estilo videojuego, con técnicas especiales, vidas, etc. El tebeo, como buena obra "independiente" -eso en EEUU quiere decir que tu editor es rico pero no mucho-, está dibujado con el culo, pero se deja leer.

Scott Pilgrim contra el mundo -me quedo con el título de la peli, que protagoniza el novio de Juno- es una de esas bizarradas que sirve como símbolo catártico. Ya sabéis. Joseph Campbell, Wertham, todos esos tíos. Os conocéis la pamplina.

En un mundo más cerca de Aldous Huxley que de Sin Lancelot -a Marcos Senna sean dadas las gracias-, realmente aparte de hacer el ridículo en diferentes formas y maneras -yendo a conciertos de cantautores o cosas así de bajas-, los hindibiduos humanos de sexo masculino tenemos pocas fazañas a nuestro alcance. Fazañas reales, no polladas de canorro de gimnasio, digo. Scott Pilgrim hace un pirueta cyberpunk pero filtrada al estilo siglo XXI: lo raro es normal, lo bizarro, guay. Es una capa de optimismo sobre el estilo 'Tintín macute' que lo precedió, aunque en el fondo también es hacerle un avestruz a la decadencia de la sociedad occidental.

En cualquier caso, para el ejército de 'Frys de Futurama' en que nos hemos convertido, que distinguimos la ficción de la realidad, pero es que nos gusta más vivir en la primera, cuando menos resulta tentador que lo único que haga falta para conseguir a la chica de tus sueños -bueno, a la de los de Scott-, sea pasarte siete pantallas de un arcade chorra. Lo que no te explican es que después el tema se convierte en Aventura Gráfica y de los jodidas, que ríete del Comandos 2. Pero es otra cuestión.

Entonces, ¿comprendéis por donde voy? Porque el tema es interesante. El ámbito "hindependiente" del cómic y el cine yanqui -es un decir, ganan más que muchos autores estrellas españoles en toda su puta vida- suele ser fecundo en este tipo de vueltas de tuerca a la misma mierda que mamamos desde hace 3.000 años. Estaría bien poder hablar con alguien de esto. O no. Que os den.

Workling Class Heroes (II)


Llevo casi seis meses sin televisión en casa. Cosas de los caseros petardos y la TDT, aunque tampoco me ha supuesto ningún disgusto porque las series puedo bajármelas vía internet. Eso se traduce en que he visto poquísimos partidos esta temporada, pero a cambio he recuperado una afición que, en realidad, nunca tuve: la radio. El Betis casi cada semana -ay-, el partido de las 21:00 del domingo en Primera y la Champions, más o menos desde octavos, no han fallado. Más que en toda mi vida.

La mayor alegría que me voy a llevar, ya que el Betis ha hecho honor a su leyenda,  ni la he visto por televisión ni la he oído por radio. Me la he encontrado por internet y hasta un par de semanas antes de que se produjese no tenía ni idea de que existía la posibilidad. Ha sido el ascenso del St. Pauli, el "otro equipo" de Hamburgo, a la 1.Bundesliga. El barrio que lo bautiza, Sankt Pauli, está en la zona del puerto fluvial de la ciudad, y es un criadero de prostitución, casas okupas y gentes variadas de mala reputación. En los 80, cuando comienza la traidicón antifascita -o directamente comunista y socialista- del equipo, era el reducto del punk hamburgués. El equipo ha adoptado como parte de su parafernalia la bandera pirata, y aunque el fútbol profesional impone ciertos pasos, hay que reconocer que no se han plegado completamente a ellos, pagándolos con habituales ascensos y descensos que los hacen vivir al día. Como una panda de estibadores más.


 En Fespaña -y olé- no gastamos de eso. Lo más parecido sería el Rayo Vallecano, por equipo de barrio y supuestos ideales de izquierdas en el horizonte. En cuanto a filosofía futbolística de vivir al día, el Athletic de Bilbao, pijo tradicional de nuestro fútbol, puede acercarse, pero ese pestazo a PNV en la oposición -lo peor que le puede pasar a un democristiano- no se lo quita nadie. Los del Atlético de Madrid es que no se lo creen ni ellos. Ultras de izquierda declarada sólo se me ocurren los Riazor Blues -del Deportivo de la Coruña-, Kolectivo Sur -del Xerez- y los putos Biris. Ojito: todos los ultras catalanistas o abertzales son independentistas, pero eso no es sinónimo de izquierda. Más bien al contrario, salvo honrosas excepciones como los de la Real Sociedad. El resto son de extrema derecha. Vayan apuntando.

Puede que usted no sea andaluz y alguna vez haya hecho caso al dicho que sostiene que, en Sevilla, el Sevilla FC es el equipo "de los ricos" y el Betis, el "los pobres", por nosequé leyenda de que los fundadores del segundo eran una escisión del primero porque la directiva se negó a admitir jugadores de clase trabajadora. No se quiebre la cabeza. Es mentira, y se lo dice un bético. Tanto la anécdota fundacional como que la tradición marque esa diferencia de clases. Ítem más, los ultras del Sevilla FC, los Biris, se consideran de extrema izquierda -"Puta Telecinco/puta Antena3/pero pa puta/la reina Sofía"-, y reciben su nombre de Alhaji Mohomodo Nije, apodado 'Biri-Biri', jugador gambiano que en 1973 se convirtió en el primero de raza negra en militar en el club. Los ultras del Betis, los Supporter Gol Sur, son apodados como los 'gitano-nazis'. Sobran explicaciones. Eso, sin entrar en el pasteleo de los palcos. Ahí, afrontémoslo, diferencia ninguna. Igual de pijos y repelentes todos.

Otra cosa es que, como se ha podido comprobar en años recientes, el Sevilla, deportiva y económicamente, suele tener rachas en las que va mucho mejor, lo cual provoca un trasvase importante de ratas de cloaca -los hombres de verdad no nos cambiamos de equipo desde el día que optamos por uno de los dos, pero en Sevilla apenas quedan ya de esos-, sobre todo de pijos inmundos. Así, el Betis no sólo tiende a parecer el "hermano pobre" a tenor de los resultados, también porque hay mucho de los "oigs, por favor, viendo yo un partido de Segunda". Mariconismo puro.


Gennaro Gattuso, 'Ringhio', es un jugador histórico del Milán, el club más rico y fascista de Italia con mucha diferencia, que para algo es propiedad de Berlusconi. Es hijo de un pescador del sur del país que, según confiesa, sigue alucinando cuando recibe la nómina de cada mes, porque es más de lo que su padre ganó en toda su vida laboral. Un padre que es un referente para él, que cuando tenía 18 años lo animó a que se marchase a Escocia, a Glasgow Rangers, cedido durante dos años. Allí, Gennaro se buscó un restaurante italiano en el que empezó a cenar todas las noches, y acabó casándose con la hija del dueño.

'Ringhio' tiene lo pies cuadrados. Toda su carrera ha sido incapaz de dar un pase medio decente, y menos si era en largo. Pero él lo cuenta: su vida es casa-Millanello -la ciudad deportiva del Milán, digamos-, Millanello-casa. Machacándose en el gimnasio cual canorro de extrarradio. Ya tiene una edad -es triste, pero un futbolista es "viejo" a partir de los 32- y eso se nota, pero ha llegado a cotas extraordinarias a base de físico, de trabajar. Pirlo, su compadre, con el que durante una década conformó la pareja de mediocampistas más eficiente del mundo y con el que lo ganó todo, lo ha tenido más fácil. Calidad de fino estilista y visión de juego sobrenatual. Don Gennaro no. Él tuvo que aprender y sacrificarse. El físico, del que tanto abominan algunas comentaristas, es la vía hacia la igualdad de los tronquetes y los que no tuvieron hueco en las escuelas de futbito. Trabajo, trabajo, trabajo.

Vamos a hablar de Maradona. Muchos han aprovechado el batacazo contra Alemania para ajustarle unas cuentas que no se merecía. El Diego nunca se ha mordido la lengua, para bien o para mal. Nadie puede quitarle sus méritos: un Mundial y una final, la del 90, en la que prácticamente el sólo fue Argentina. Cuando se diluya, cuando no quedemos ni los que lo recordamos a partir de su fichaje por el Sevilla y la puñalada trapera de la FIFA en EEUU´94, habrá quien intente quitarle su sitio a la altura de Pelé, Beckenbauer, Cruyff o Di Stefano. Pero esos eran todos unos pijos, que jugaron siempre rodeados de otros cracks. D10S ganó un scudetto con un Nápoles que era él y diez cabrones más. En Italia´90, Argentina llegó a la final por sus cojones -insultos a la siempre respetuosa grada transalpina mediante-, cuando medio equipo del glorioso '86 se había quedado por el camino por lesiones o edad. Maradona hacía grandes a los pequeños, no al revés.

Pendenciero, bocón, exagerado, chulesco... Dando besos a sus jugadores, mimando a Messi, pero sacrificándolo como atacante para bien de la idea, presumiendo de que no ve ni un futbolista que se compare a los suyos en todo el Mundial... Lo hace Mourinho y lo llaman genio. Porque gana, claro. Denle tiempo a Maradona. Con ese traje, esa barba encanecida, esas maneras a medio camino entre sargento chusquero y capo mafioso, a mí al menos, no sé a ustedes, Sudáfrica`10 me ha devuelto a Maradona como personaje, como referente en una lucha de los desterrados, de las rebabas de este deporte que, casi siempre, es injusto y mierdero, frente a ese algo que no se sabe lo que es, pero que tiene apellidos como Blatter, Platini, Grondona o Villar.

Pero ellos también pasarán. Jules Rimet es sólo ese señor que tuvo que bajar al campo a darle la Copa a Obdulio Varela en Maracaná en 1950. Varela era el capitán de Uruguay, una selección que ese día se presentaba en el campo como víctima propiciatoria del primer Mundial que iba a ganar Brasil. Pero, ay, hamijos. El otro también juega. Como le pasó al Real Madrid el año del Centenario. MARCA y AS ya tenían las portadas con el hueco para la foto de Hierro levantando la Copa del Rey, y se habían olvidado de que la final había que jugarla y a lo mejor el Deportivo de la Coruña tenía otras ideas. Qué sabrán esos, pensarían. Si no son el Real Madrid.


Pelé se vende muy bien, pero en Chile`62 casi no jugó y las crónicas hablan de Mané Garrincha, otro grande surgido de la pobreza y que se autodestruyó. Casi nadie, a este lado del Atlántico, tiene memoria para el que, dicen, fue el mejor extremo de todos los tiempos. Garrincha, al que apodó así su hermana mayor por un tipo de pájaro bastante feo pero muy rápido típico de la zona de Brasil donde vivían, palmó a los 49 completamente alcoholizado. Tenía la columna torcida, la pierna izquierda seis centímetros más corta que la derecha y los pies ligeramente ladeados. Hoy no habría pisado un campo, pero en los 50 es supuesta minusvalía, unida a reflejos y velocidad endiablados, lo hacían impredecible para los defensas. A su paso quedaban cinturas desencajadas y porteros maldiciendo su suerte. También, dicen las malas lenguas, 36 hijos, aunque "sólo" hay 14 reconocidos.

Fue, toda la vida, un tipo sencillo e inocentón hasta extremos increibles, producto de las favelas de Río de Janeiro. En el Mundial de Suecia´58, se compró una radio, y cuando fue a estrenarla, se encontró con que sólo pillaba emisoras suecas. Uno de los utilleros del equipo le explicó que, como era sueca, siempre iba a emitir en ese idioma, y se la sacó por cuatro duros, el mamón. Después de ganarle a los anfitriones en la final, cuando todos sus compañeros festejaban el título, Mané se detuvo y preguntó al primero que pasaba, "pero cómo, ¿ya hemos ganado? ¿No hay que jugar segunda vuelta?".

Cayetano Ros, en su artículo publicado en El País -o tempora, o mores- 'Saudade de Garrincha', tuvo un párrafo genial que paso a citar textualmente: Pelé y Garrincha fueron dos personalidades opuestas. No hubo un futbolista más amateur en su espíritu que Garrincha. Ni nadie más profesional que Pelé. Garrincha fue incorregible y se peleó con el establishment. Pelé llegó a ser el establishment.

No me he metido en porque Laporta -y probablemente 'Sandrusku', Guardiola, Xavi Hernández 'el hijo del almeriense' y alguno más- son un poco tontos. En Espiña se ha instalado la mentecatez de que existen politizaciones "buenas" y politizaciones "malas" de los equipos de fútbol, y que el 'jogo bonito' da una especie de superioridad moral al que lo practica. Si es contra Mourinho, probablemente, pero el resto del tiempo no. ¿El modelo? ¿Qué modelo? ¿Qué hace que el pastizal que mueve el FC Barcelona sea menos indecente que el que mueven el Real Madrid o el Manchester? ¿Que es ligeramente inferior? No, hamijos, no.

Tampoco la supuesta ideología detrás del Barça. Si el Athletic es PNV puro, el Barcelona es CiU. Ser nacionalista, por cierto, no es ser de izquierdas. Vamos a repetirlo, como un mantra. Nacionalismo, por definición, es sinónimo de derecha, además de la bien rancia, pues implica que por nacer en un sitio y no en otro uno tiene determinados derechos intrínsecos de su calidad de paisano del lugar. Una soplagaitez tremenda. So, que la subnormalidad típicamente hispana considere que el nacionalismo español es "malo" y el resto "buenos", en lugar de todos la misma mierda, es bastante absurdo. Y, aplicado al fútbol, y el dinero que mueve, roza la gilipollez más absoluta. He dicho.

Bajo la apariencia del tímido periodista Clark Kent...


Para muchos espectadores de Perdidos, el momento epifanía en su experiencia receptora llegó con el final del capítulo 4, Walkabout, cuando descubrimos que John Locke, el experto cazador y "hombre de acción misterioso", era paralítico hasta que llegó a la Isla -que se escribe con mayúscula por ser un personaje más, claro-.

Es más, era un pringado sin vida, que trabajaba en un puesto de oficina con cubículos y usaba de terapia a la chica a una línea caliente a la que llamaba por el nombre de su ex novia, que fantaseaba con juegos de estrategia en los que era el "coronel" Locke y del que su jefe, más joven y más capullo, se burlaba cada vez que podía. John iba en el avión tras desperdiciar su única semana de vacaciones al año apuntándose a una excursión de supervivencia en el desierto australiano en la que no le dejaron participar debido a su condición.

Pero en el territorio mágico de la Isla, John recuperó el uso de las piernas, de manera que toda su experiencia como cazador, sus cuchillos y su preparación para la semana de supervivencia tenían por fin utilidad. Se convirtió en el proveedor de carne para los supervivientes y también en el chamán de la tribu, ya que fue el primero en darse cuenta de la clase de pruebas que la Isla proponía y en orientar a sus compañeros -el "conejo blanco" de Jack, la oruga de Charlie o la experiencia alucinógena de Boone-.

En la sexta temporada -y última-, los guionistas se entregan a la enésima vuelta de tuerca al sistema de flashbacks/flashforwards y hacen algo menos original de lo que creen dentro del género, narrando en paralelo las vicisitudes de dos realidades diferentes -o no-, una de ellas siguiendo la línea temporal ya conocida de la serie y otra narrando cómo habría sido la vida de los protagonistas de no estrellarse el avión -o antes de que tuviese que estrellarse-.

Al final de la quinta dos simples planos y un flashback habían bastado para confirmarnos lo que llevábamos un tiempo sospechando: John no es "el elegido", al menos no tanto como él mismo piensa, tan sólo un engranaje más en el juego de backgammon que el mismo proponía a Walt en la primera temporada -ese guiño, el del más viejo y el más joven, se fue perdiendo por el estirón que pegó el actor que hacía del niño, claro-. No es un líder, sólo un juguete.

En la sexta, en el capítulo 4 -simetría más que intencionada, ya que en él John llega a repetir dos veces "It´s my walkabout" y se repiten detalles como el "funeral" o el "Don´t tell me what i can´t do!" que hacen las delicias del seguidor fiel-, lo vemos en la que podría haber sido su vida de no estrellarse el avión: despedido de su trabajo pero a punto de casarse por fin con Helen, Locke asume su parálisis tras tropezar con varios de los que habrían sido sus compañeros de "naufragio", incluida la secundaria de lujo Rose, que le confiesa su cáncer terminal -que la Isla habría curado en otras circunstancias-, y al mismo Jack, cirujano lumbar que le ofrece su tarjeta y una consulta gratis tras conocerse en el aeropuerto de Los Ángeles, en busca de sus equipajes perdidos -el ataúd de su padre en el caso de Jack y los cuchillos en el caso de Locke- en la que supone la mejor escena del capítulo doble que abre la temporada.

De nuevo en el 4, John y Helen rompen la tarjeta del Dr. Shepard renunciando a hacerse más ilusiones sobre una posible recuperación y poco después vemos a Locke ejerciendo como profesor sustituto de gimnasia en un instituto -el título del episodio, The Substitute, es una pirueta de las que tanto gustan a los creadores de la serie-. Poco después, acude a la sala de profesores y vemos a uno de sus colegas, de espaldas pero con una voz inconfundible para cualquier seguidor de la serie. Es Benjamin Linus, el otro antagonista de Locke en la Isla. Ambos conversan brevemente y se siembra una posible amistad -"el té es una bebida de caballeros"-. John sonríe. Ahora se acepta a sí mismo y explorará las posibilidades que su vida le ofrece, sin renunciar a Helen ni a ser uno más entre sus iguales.

La ruptura de la tarjeta de Jack es tan simbólica como parece, pues se necesitan el uno al otro para poder intercambiar sus roles de defensores de razón y fe, respectivamente. En el piloto, Shepard le espeta, casi por sorpresa, "nada es imposible", cuando Locke sostiene que su columna no tiene solución. John está renunciando a la fe, en paralelo al funeral de la otra línea temporal en la que Ben sostiene que era su característica principal y se arrepiente de haberlo asesinado, asumiendo las similitudes que los hacen simpatizar en el mundo en el que ambos son mediocres pero felices -excepto cuando alguien no cambia el filtro del café-. En la línea temporal "realista", John asume que es Clark Kent y que nunca se convertirá en Superman.

La locución de la serie de dibujos animados para su proyección en cine de los años 40 rezaba que "bajo la apariencia del tímido periodista Clark Kent, se oculta Superman..." No hace falta hilar muy fino para analizar el mecanismo psicológico de por qué sigue funcionando: nosotros, los mediocres, los oficinistas, los urbanitas anónimos, ocultamos bajo nuestras camisas y corbatas un Superman que todas las Lois Lane del mundo, los abusivos Perry White y demás no pueden ver. Algo que nos hace sonreír bajo nuestras gafas cuando nos giramos. ¿No es cierto?

Igualmente funciona en la versión para ricos, los casos de El Zorro -y su primo El Coyote-, Batman o La Pimpinela Escarlata, en los cuales bajo la fachada de un señorito caprichoso, debilucho y remilgado se esconde un auténtico hombre de acción que usa todos los muchos recursos a su alcance para proteger al débil y atacar a los fuertes, sus supuestos iguales. Uno Robin Hood que no renuncian a sus títulos nobiliarios para irse a vivir al bosque, en última instancia.

En los 60, Stan Lee dio una vuelta de tuerca completa al concepto de los superhéroes y los acercó más a como los concebimos hoy, añadiéndoles toques de culebrón más allá de la esquizofrenia parsifalista de la relación entre Lois y Superman. Peter Parker, la culminación de ese estilo, es un completo pringado, que ni siquiera trabaja de periodista, es más una parodia de Jimmy Olsen, el Superman´s Pal, vive con su vieja tía, en el instituto abusan de él por ser un repelente empollón y ni siquiera conseguir poderes le arregla el día, Spiderman es un proscrito al que las propias fotos que él mismo se hace sirven para vilipendiar. Aún así, cuando se pone la máscara, Peter se transforma en otro, deja salir gran parte de la tensión que lleva dentro, y si Parker es retraido e incapaz de responder a las agresiones del matón Flash Thompson, Spiderman no para de charlar incluso cuando el Doctor Octopus le derriba un edificio encima, y por supuesto para burlarse de su peinado.

Con el tiempo, y como un símbolo de madurez, Lois descubrió que Clark era Superman -o su relación nunca habría sido sincera, sino un truño- y Mary Jane resultó "saber desde siempre" que Peter era el cabeza de red -una cagada, eso sí, porque se falseó su relación previa en la que asumía a su amigo Parker como un perdedor encantador-.

Smallville unió a Superman y Spiderman en una sola idea, pero la verdadera reencarnación de la fantasía adolescente de poder partir la cara a todos los macarras que te putean en el instituto -asumidlo, los macarras no leen tebeos- fue Invencible, en última instancia un son of Superman con inquietantes parecidos con Dragon Ball en algunos argumentos. La gracia de la obra cumbre de Robert Kirkman es que, en un mundo lleno de superhéroes, todos los tópicos del género se asumen como lo más natural del mundo. Cuando el protagonista descubre que tiene superfuerza no se soprende -su padre es OmniMan, el mayor héroe del universo, después de todo-, simplemente exclama "ya era hora".

En estos tiempos oscuros en que freak es una especie de etiqueta de moda -lo siento, pero los de generaciones anteriores, y ya puedo decirlo, no nos poníamos nombres, simplemente éramos así-, la ficción, al menos la buena ficción, ha optado por mundos posibles en los que lo raro es normal. En última instancia, la moda freak es sólo campañas para vender muñequitos articulados, pero esta volviendo reales las pesadillas cyberpunk y los relatos bizarros de la ciencia-ficción más pesimista.

Para Ballard, que duerme ahora en el cielo de los dioses del tercer mundo, lo avisaba: Todo se está volviendo ciencia-ficción. De los márgenes de una literatura casi invisible ha surgido la realidad intacta del siglo XX.

DC Cómics, que de alguna forma lo empezó todo, lleva empalmando "eventos definitivos" casi una década, algo normal en el mercado pero que acaba por cansar a los fans. Esperando a que acabe The Blackest Night, me centraré en Infinite Crisis y Final Crisis.

En la primera, los villanos son dos fans, pero lo que de verdad duele es ver morir a la anciana Lois de tierra-2 en brazos de su Clark, que no se cree realmente que esté pasando cuando afirma que "Superman siempre salva a Lois Lane". En la segunda, interviene el Super Young Team, una equipo de superhéroes japoneses cuyo principal superpoder es ser "supercool" y hacer cosplay disfrazándose con pastiches de los principales héroes DC.

Grant Morrison, en Crisis Final, propone una de esas nuevas piruetas metalingüísticas que tanto le gustan, no sabemos si creando otro "sello mágico", porque los guionistas británicos siempre abusan de los alucinógenos -y el único que de momento ha sido capaz de asumir la autoparodia ha sido Alan Moore en Supreme, y de aquella manera-. Quiere ficción sin trabas, que siga las claves de Kirby pero no se nutra de ellas permanentemente. Quiere el fin de los monitores. Eso está muy bien, Nix Uotan my son, sobre todo al proponer la llegada de los dioses del quinto mundo -si, el Super Young Team-, pero por la misma naturaleza de dónde y cómo se ha hecho, no perdurará.

Perdidos ha sacado un enorme background de la ciencia-ficción y los cómics de superhéroes para traducirlo al público más o menos masificado, aunque cuanto más se complicaba la trama más gente renunciaba a la serie. Si Final Crisis y las demás paridas de Morrison representan "sellos mágicos cargados de significado" que se envían al éter -ser raro es lo normal, saca el Superman que llevas dentro-, Perdidos lo es más aún. La ficción popular es la manera en la que el subconsciente colectivo asimila la realidad, y si no echad un vistazo al cine posterior al 11 de septiembre.

En Los Increíbles, muy divertida pero muy nazi, el plan de el villano es hacer que todo el mundo sea especial... ¡para que así nadie lo sea! ¡Superman necesita a los mediocres para ser Superman! Los Increíbles es Wachtmen para niños, pero su mensaje es mucho peor, y desde luego en las antípodas de Final Crisis o All-Star Superman. La idea de Morrison es que, en última instancia, todos tenemos superpoderes. La misma conclusión a la que llegaba Steve Seagle -el escritor de cómics, no el "actor" de películas de artes marciales- en Es un pájaro..., una obra muy personal en la que explicaba sus reflexiones cuando le ofrecieron hacerse cargo de una de las series del personaje. Es sencillo: necesitamos creer que existe un hombre que puede superarlo todo para saber que nosotros también podemos.

Obviamente, esa no es la concepción del mundo de Wachtmen, pero no hay que confundirse: Wachtmen es optimista, no pesimista. Nada acaba nunca, la decisión está por completo en tus manos. Mientras Laurie y Dan se alejan de la casa de la anciana Sally Júpiter, ya están planeando su regreso a las mallas.

domingo, 23 de mayo de 2010

Working Class Heroes (I)


En las diez primeras Copas de Europa del Siglo XXI (de 2001 a 2010, que es cuando acaba la década), tres han sido para equipos italianos (Milán '03 y '07, Inter '10), tres para equipos españoles (Madrid '02, Barcelona '06 y '09), dos para ingleses (Liverpool '05, Manchester ´07), una para un alemán (Bayern '01) y otra para un portugués (Oporto '04). Manchester, Madrid, Barcelona y Milán habían ganado mínimo un título durante la década anterior (en el caso de Madrid y Milán, dos cada uno) y ninguno de ellos era la primera ocasión en que se coronaba. De hecho, Real Madrid (9), Milán (7), Liverpool (5) y Bayern (4) son los cuatro equipos que más veces se han coronado campeones continentales. Los finalistas más exóticos han sido el Valencia (que perdió la última final del Siglo XX, en '00 contra el Madrid, y la primera del XXI, en '01 contra el Bayern) y el Mónaco, en ese accidente cósmico que fue la final de 2004.

La década de los ´90 del siglo pasado empezó con tres campeones novatos: Estrella Roja ('91), Barcelona ('92) y Olympique de Marsella ('93). En el caso del primera y el tercero, era la primera vez que equipos de sus países ganaban la máxima competición continental. Durante la década de los '00 (digamos) hemos tenido una final italiana (Milán-Juventus, 2003) y otra inglesa (Manchester-Chelsea, 2008), ambas resueltas por penaltis. La última final de los '90, ya mencionada, fue la del Real Madrid-Valencia. Exceptuando la de 2004, el también mencionado Oporto-Mónaco, con un equipo portugués y otro francés, el resto se han resuelto entre alemanes, españoles, ingleses e italianos (los ingleses tienen el record, con presencia en cinco finales, por cuatro de españoles y tres para alemanes e italianos).

Si nos vamos a semifinales, la cosa se pone aún peor. El Olympique de Lyon y el PSV Eindhoven son los únicos que se salen de las cuatro grandes ligas, y Villarreal, Deportivo de la Coruña, Chelsea y Lyon han sido los únicos "debutantes" en la ronda. En tres ocasiones, además seguidas, tres equipos ingleses han copado la ronda (`07, `08 y `09). En `03 los italianos hicieron los propio, en `00 lo habían hecho los españoles. Las de 2004, de nuevo, fueron las más democráticas, con cada semifinalista de una nacionalidad distintas y tres "principiantes" que nunca habían llegado tan lejos, Deportivo, Mónaco y Chelsea. Eso sí, el único "veterano", el Oporto, fue el que se proclamó campeón. Entre los entrenadores, menos Ancelotti (Milán), Benítez (Liverpool), Guardiola (Barcelona), Mourinho (Oporto e Inter) y Rijkaard (Barcelona) la ganaban por primera vez, pero Ancelotti y Mourinho lo hicieron dos veces (Del Bosque con el Madrid, Hitzfield con el Bayern, Ferguson con el Manchester, hacían todos la segunda). En los casos de Ancelotti, Rijkaard y Guardiola, ya la habían ganado como jugadores. Los dos primeros, dos veces, juntos, con el Milán, en el '89 y el '90.

La UEFA (ahora Europa League, antes Copa de Ferias) ha sido mucho más democrática, que para algo es la copa de las "clases medias". Ha visto, en estos diez años, siete campeones "novatos": Oporto'03 (que al año siguiente ganó la Champions), Valencia'04 (que venía de perder dos finales de la máxima competición), Sevilla '06 (que repitió al año siguiente), CSKA de Moscú '05 (el primer equipo ruso en coronarse continentalmente), Zenith de San Petesburgo '08 (el segundo), Shaktar Donetsk '09 (el primer ucraniano) y Atlético de Madrid '10. Liverpool en 2001 (campeón de Europa un par de años después) y Feyenoord en 2002 conseguían su tercer y segundo título, respectivamente. España se ha llevado la palma con cuatro campeonatos más dos finalistas (el Deportivo Alavés en ´01 y el Español  y su mala pata en '07). Después, Rusia con dos, y uno para Inglaterra, Holanda, Portugal y Ucrania, el primer y único país nacido de la caída del telón de acero capaz de tener presencia internacional (si consideramos que Rusia y República Checa son considerados por FIFA y UEFA "herederos estadísticos" de la URSS y Checoslovaquia, respectivamente).


Sin duda, el Alavés, actualmente en Tercera División tras encandenar una serie de descensos incomprensibles (o demasiado comprensibles, en una palabra: Piterman), ha sido el finalista más exótico. Detrás va el Middlebrough inglés, que se batirá el cobre un año más en la Championship tras no poder ascender esta temporada. Los dos grandes de Escocia, Celtic y Rangers, han perdido sendas finales. Otros ilustres, como el Sporting de Lisboa o, ay, el Olympique de Marsella, también han sufrido lo suyo. El Fulham ha sumado un finalista más a la traidición inglesa, la liga con más campeones diferentes de todas las competiciones europeas, incluyendo un Nottingham Forest que anda también en la Championship y hasta no hace tanto presumía del doble de Copas de Europa que el Barcelona. Un pasteleo de las ligas más potentes en el que Grecia y Turquía no han pasado de espejismo. Y rusos y ucranianos tedrán que mantenerse en el tiempo para demostrar algo más.

Si nos vamos a los campeonatos locales, la Liga española ha visto tres campeones en diez años: Real Madrid con 4 ('01, '03, '07 y '08), Barcelona  con otro 4 ('05, '06, '09 y '10) y Valencia  con 2 ('02 y '04). La Premier, otros tres: Manchester con 5 ('01, '03, '07, '08 y '09), Chelsea con 3 ('05, '06 y '10) y Arsenal con dos ('02 y '04). En la Seria A italiana, cuatro campeones se han repartido sólo nueve títulos, al quedar la temporada 2004-2005 desierta por el 'Moggigate': Inter con 5 ('06, '07, '08, '09 y '10), Juventus con dos (´02 y '03, el '06 pasó al segundo por el escándalo de marras, y el '05 quedó desierto), Milán ('04) y Roma ('01). Más repartida, como siempre, la Bundesliga alemana, donde hasta cinco equipos levantaron la ensaladera, aunque el único en repetir fue el Bayern de Munich, con 6 (´01, ´03, ´05, ´06, ´08 y ´10), conformándose con uno cada uno Borussia Dormunt (´02), Werder Bremen ('04), Sttutgart ('07) y Wolfsburgo ('09), este último uno de esos milagros que le alegran a uno la vida. En Francia, la cosa es aún peor, cuatro campeones, pero siete trofeos para el Lyon (´02 a ´08), con uno para Nantes (´01), Burdeos ('09) y Olympique de Marsella ('10), de una vez por todas, y con Deschamps en el banquillo, como siempre debió ser. En Portugal, seis para el Oporto ('03, '04, '06, '07, '08 y '09), dos para el Benfica ('05 y '10) y uno para Sporting ('02) y Boavista ('01).


Todo esto nos deja, a nivel de clubs europeos, un balance en el cuál, entre los "grandes", sólo han irrumpido, en esta década, con más o menos acierto, Chelsea, Lyon, Oporto, Sevilla y Valencia. El Leverkusen lo excluyo porque fue flor de una temporada, tras fagocitarlo el Bayern, y ni siquiera llegó a ganar un mísero título. El método de "irrupción" del Chelsea fue ser comprado por un magnate ruso del petroleo, lo cual, para una liga como la inglesa, y recordando al Nottingham Forest de final de los '70 del siglo pasado, que ganó dos Copas de Europa sin un sólo extranjero en la alineación y, básicamente, por los cojones de Brian Clough, es de vergüenza, si me permiten el exabrupto. El Oporto lo pongo por el título continental logrado, pero tras la marcha de Mourinho (y Deco), retornó a la mediocridad de la Liga Sagres. Sevilla y Valencia, ay, y no me puede la pasión, tienen más mérito, aunque los chés van camino de seguir al Deportivo de la Coruña y retroceder 20 años deportiva y societariamente, y a los sevillista la economía (ya sea para comprar jugadores o árbitros) nunca les va a permitir pasar del tercer puesto en Liga y los cuartos en Champions. Si no, al tiempo. En cuanto al Lyon, las semis de la Copa de Europa las merecía hace tiempo, pero sus siete años de reinado del terror en Francia perjudicaron, y mucho, la competitividad de la liga gala. Gracias sean dadas al Burdeos de Blanc y el Marsella de Deschamps. Por cierto, los dos capitanes de la Francia del '98.

Si retornamos a lo general, en los Mundiales de Fútbol, los últimos tres campeones "nuevos", Inglaterra en 1966, Argentina en 1978 y Francia en 1998, ganaron en casa. De hecho, sólo dos campeones no se han estrenado como locales en toda la historia, Alemania en 1954 y Brasil en 1958. Estos últimos, los pentacampeones, son los únicos que no han ganado nunca "en casa" -perdieron el célebre 'Maracanazo' del '50 contra Uruguay-, aunque la FIFA ya trabaja en arreglar eso en 2014. Uruguay en 1930 e Italia en 1934 ganaron los dos primeros mundiales en casa, para completar una terna de cuatro europeos con nueve títulos y tres americanos con otros nueve en la que sólo Brasil ha ganado fuera de su continente, en Suecia 1958 y Corea-Japón 2002, el tongazo más grande jamás jugado con permiso de Italia 1934 y, por supuesto, Inglaterra 1966.

De las tres competiciones continentales con un mínimo de competitividad, Eurocopa, Copa América y Copa África, la primera ha sido, sin duda, la más igualada en los últimos 20 años. O más. Para empezar, porque en toda su historia sólo tres países han repetido trofeo: Alemania (1972, 1980, 1996), España (1964 y 2008) y Francia (1984 y 2000). En 2004 ganó Grecia, paladeen el concepto, y en 1992, Dinamarca, que se clasificó al quedarse fuera Yugoslavia a causa de la Guerra de los Balcanes. En 1988 había ganado Holanda, y tiene trofeos Italia (1968), Rusia (en 1960, como la URSS) y República Checa (1976, como Checoslovaquia). Desde que la Copa América se juega a sede fija, 1987, Brasil ha ganado 5 (cuatro de las cinco últimas desde 1997), Argentina 2, Uruguay 2 (una en casa en 1995) y la restante, Colombia, en 2001, como anfitriona. En el mismo tiempo, desde 1988, Egipto ha ganado cuatro Copas de África (las tres últimas seguidas), Camerún tres, Costa de Marfil y Nigeria una cada uno, y el resto Argelia, Sudáfrica y Túnez como anfitrionas.

Por si no se nota por el tono empleado, lo voy a dejar claro: el único campeonato de selecciones en el que ser el anfitrión no ha contado doble en los últimos 20 años ha sido la Eurocopa. Desde el 84 no gana el que juega en casa, entonces la Francia de Platini. En los casos de Dinamarca, Grecia y, seamos honestos, la España de 2008, el campeón ni siquiera partía como favorito. En África, sin embargo, Egipto ha mantanido la última década un reinado del terror impresionante (también a nivel de clubs), y los campeones debutantes desde el '90 han sido todos anfitriones (Argelia, Sudáfrica, Túnez) con la honrosa excepción de Costa de Marfil, que lo extraño es que no tenga ningún título más. En América, poco que decir. Brasil hace lo que quiere, y el campeonato de 2001 estuvo diseñado para que lo ganase, sí o sí, Colombia, y pilló a los brasileiros en horas muy bajas.


Que al año siguiente ganasen el Mundial sólo demuestra, un poco más, el tongazo morrocotudo que fue Corea-Japón'02, con la FIFA pasteleando en toda su gloria, y probablemente Blatter corriéndose de gusto sólo con pensar en ese Alemania-Brasil que también le quedó en la final y que, si por él fuese, se repetiría todos los años. Por el camino, los árbitros apartaron a Portugal, Italia y España (no se engañen, fueron los árbitros y nadie más que los árbitros), y Argentina, Inglaterra y Francia se hicieron el harakiri alegremente. Los británicos, por su método tradicional, que España sólo consigue imitar pálidamente: cantada espectacular del portero (en este caso Seaman) y las estrellas borrándose en el primer partido difícil (el de Brasil, que se paseó hasta la final con un sorteo tan favorable que no sé como no se le cayó a nadie la cara de vergüenza: Turquía, Costa Rica y China en primera ronda, Bélgica en octavos, los ingleses en cuartos y de nuevo Turquía en semis). Brasil ha tenido siempre a los mejores delanteros del mundo (Romario, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho), pero ha jugado andando y como el puto culo. En 1994 el doble pivote eran Dunga y Mauro Silva, y la final, contra Italia, la ganaron por penaltis. En 2002, Kléberson y Gilberto Silva comandaban el tema, con Edmílson de guardaespaldas. Para echarse a llorar.

Por mis pistolas que no me puede la pasión, he visto mejor fútbol en las Eurocopas desde 2000 que en todos los mundiales desde Italia' 90 que tengo memoria. En concreto, entre Holanda siempre, República Checa en 2004 y España y Rusia en 2008, me basta para el resto de mi vida. Argentina en 2006 me hizo esperanzarme, pero fue lo de siempre desde que se fue Maradona: caquita en el primer partido difícil, y a casa. Alemania es efectiva, y eso es decir mucho pero no decir nada. Y los africanos, aún espero que exploten. Ghana y Costa de Márfil son mi esperanza de que a la FIFA no le haga falta un tongazo, porque en África el personal es más solidario y, si no pasa el anfitrión (Sudáfrica es una banda y el peor de su grupo con mucha diferencia, pero mucha), apoyaran a cualquier vecino, por lejano que sea. Tengo el sueño húmedo de una semifinal España-México, pero no pasa de ser eso.

¿Qué quiere decir este despliegue estadístico-conspiranoico? Quiere decir que el fútbol, al menos para mí, está perdiendo la gracia a una velocidad alarmante. Y en el siguiente post, más detalles.

lunes, 8 de febrero de 2010

Si me votas te enseño las tetas

Vivimos en un mundo dónde pasan cosas, cosas de esas chungas, pero chungas-chungas. Y al mismo tiempo, es perfectamente posible y real que un partido de supuesta izquierda pida la dimisión de un concejal de Kultura por el fútbol (aquí).

Así que cuando una candidata a la Cámara de Representantes en Colombia lanza su campaña prometiendo que si sale elegida se empelotará en una revista, ¿quién se atreve a censurarla?

Para el que no tenga ganas de leer el enlace, se llama Fernanda Valencia y tiene 42 años llevado a ritmo de Milf. Dice que lo hace para garantizar la limpieza de su campaña, ya que se ha dado a conocer sin necesidad de que la financie ningún cacique, y así, si alcanza el escaño, no deberá más favores que el de retratarse con las tetas al aire.

Así, de sopetón, me recordó a la campaña en las elecciones belgas de 2007 del partido NEE. ¿Cómo? Sí, sí, esta:

Esta chica, Tania Deveaux, estudiante de marketing -quién lo diría-, protagonizó los carteles del partido-protesta NEE, que prentendía que el voto en Bélgica dejase de ser "compulsivo" -si no acudes al colegio electoral, aunque luego no votes, te multan- y criticar las promesas imposibles que suelen hacer los impresentables de los políticos.

Esa en concreto, de los 400.000 trabajos, parodiaba una promesa de 40.000 de otro candidato. A petición de los internautas, la propuesta acabando variando a 40.000 "blowjobs", es decir, mamadas. Recuerdo que el 20minutos y algún medio más dieron la noticia como si la campaña fuese en serio.


Por otro lado, allá por 2001, Kurt Busiek y Stuart Immonen publicaron el cómo de una sola entrega Superstar: As seen on TV. Básicamente, Superstar es un superhéroe cuyo poder depende de absorber "bioenergía", vamos, la que despiden los seres vivos, que tiene que dársela voluntariamente. Así que tiene que ser famoso y caerle bien a todo el mundo para que la gente "done" energía -les dan un bocata después, supongo- y poder seguir combatiendo al mal. Como cuando Son Goku derrota al monstruo Bu, pero constantemente.

Así, Superstar tiene una novia trepa que lo vende por una exclusiva, una padre parásito que se dedica a comerciar muñequitos y un supervillano de nombre jocundo, Robo Sapiens, cuya táctica consiste en desprestigiarlo. El tema es que todo esto incomoda al héroe, que es un boyscout bastante sosainas y de correa corta, hasta que al final asume que "es necesario" para poder hacer el bien y tal.

Una moraleja que en la mejor tradición de Astro City, usa los superhéroes como metáfora para hablar de una circunstancia real. En este caso, Superstar está a medio camino entre Bono de U2 y Barack Obama, si los tomamos a todos ellos en la versión más positiva que se los pueda tomar.

Pero entonces, ¿lo que hace esta señorita, en un mundo dónde la liberación de la mujer fue una coña que nos montamos los tíos para seguir mandando, cómo hay que interpretarlo? Porque el hecho de que la existencia del NEE era fácil.

La pregunta, en realidad, es cuánto queda para que todo esto llegue a Espiña!.